La carretera.
La luz de tu moto.
Tan solo los ojos que se ven a través del casco...
Sexo Rodado:
Las aventuras que pasan por la calzada son inimaginables, pero yo he querido pensar como sería una de ellas. ¿Rodáis?
Las tres de la mañana. No
puedo dormir y mañana no tengo nada que hacer. Finales de Septiembre, frio pero
con cielo despejado.
Cojo el casco y me monto, mi
Suzuki Gladius con acabados rojos, mi nena. Arranco, ruge el motor.
¿Silenciador? Nunca puedes prohibir que las mejores giman.
Sorteo las columnas del
parking y subo la rampa con la puerta lo suficientemente subida para que pase.
Acelero y cojo la primera calle que me lleva fuera de la ciudad, a una
carretera convencional.
Voy bien equipado. Chaqueta
con protecciones, pantalones gruesas y unas botas capaces de frenar si pongo
los pies en tierra en plena circulación. Casco con visera trasparente para que
vean todas mis advertencias oculares y con un buen dibujo tribal mostrando mi rebeldía
cuando voy sobre dos ruedas.
Tras media hora por la
carretera convencional cojo un desvió estrecho, con poca luz, para que solo se
vea lo que alumbro mi querida Susy, nombre de mi primera novia que le puse a mi
moto porque estaba tan buena como ésta.
Acelero, suero la velocidad
permitida. Da lo mismo, no suele haber nadie a estas horas por aquí. Me trago
mis palabras, tras diez minutos veo una moto delante de mí. El camino es tan
estrecho que si no se aparta a la derecha es difícil adelantar a la velocidad
que vamos. Me pongo atrás.
Sorpresa. Ese culo es de
mujer. Lleva un mono ajustado, muy ajustado, acompañado de unos botines con “pelufos”.
Tiene el cabello largo, le sale del casco. Lleva una Kawasaki ER-6N. Una
belleza. Solo por eso ella gana puntos.
Le hago luces. Gira levemente
la cabeza, mira por el retrovisor. Me contesta con los intermitentes.
Levanto levemente mi cabeza y
con la mano derecha apuntando hacía delante, como si fuera a dar la mano a
alguien, la muevo de arriba abajo, moviendo la muñeca, repetidas veces. Lo
entiende. Hace caso. Rugue el motor de su chiquitina. Me pone los pelos de punta.
Respondo con la mía. Hago que ruga tres veces y ella acelera, luego yo.
Pasamos por un tramo más estrecho,
muy sinuoso y con curvas cerradas. Las pasamos imaginándonos que somos profesionales.
Logro verla de perfil. Parece bajita, no llega del todo bien a la moto. Tiene
donde agarrar y unos ojos penetrantes además de buenos pechos que seguro le
causaran más de un quebradero de cabeza en los baches.
Tras las curvas la carretera
vuelve a ensancharse. Me pongo a su lado. Me levanta las cejas y me guiña un
ojo. Acelera de nuevo y, como no, la sigo. El sonido de las dos motos rugiendo
hacen que mi cuerpo se estremezca y ver su trasero bien marcado frente de mi
hace querer alcanzarla. Llegamos a un área de servicio. Me indica que va a
parar con los intermitentes.
La sigo. Paro al lado de su
moto, que está junto a los tanques de gasolina. Ella no está, imagino que ha
entrado.
Tras dos minutos sale de la
tienda y viene hacía la moto. Saca la manguera y empieza a llenar el bidón de
su chiquitina.
No digo nada, no hace falta.
Estoy apoyado en mi moto, mirándola. Le saco más de una cabeza de altura, pero
eso no ha impedido que conduzca igual o mejor que yo.
—¿Estás de paso?
Me sorprende. Tiene una voz
aguda.
—Algo así.
—¿Paseo nocturno entonces?
—Exacto. ¿Tú?
Me mira de arriba abajo. Luego
a mi moto. Su mirada es penetrante y en sus pupilas imagino lo que le haría de
estar en otra situación.
—Algo así, escapando de la
rutina.
—Sé de qué va eso.
—¿Sabes de algún lugar
aislado? De esos que solo se llegue en moto.
—Unos pocos.
Deja la manguera, cierra el depósito
y se sube a la moto. Arranca, hace rugir el motor.
—¿A qué esperas para indicarme
el camión? Soy nueva aquí.
No digo nada. Me subo, arranco
y acelero. Me sigue, de cerca. Acelero más, quiero ver hasta donde es capaz.
Cogemos un desvió que sube a
la montaña. Freno un poco, pero me hace luces. Tiene agallas. Me gusta.
No tardamos en llegar a un área
de descanso un poco destartalada, poco usada. Tiene unos bancos de madera y dos
mesas de roca. Al fondo una valla de hierro que da a un precipicio desde donde
se ve la ciudad a lo lejos. El cielo tan estrellado que ilumina el lugar sin
necesidad de las luces de las motos.
—Aquí es
Baja de la moto y va hacia las
mesas de roca. Se apoya en uno de sus laterales y me mira. Se quita el casco.
Su cara es redondeada, con cabello
largo, muy largo. Negro azabache. Lleva la raya en el ojo y está un poco maquillada,
ocultando las imperfecciones. Su boca parece pequeña, con labios sensuales.
—Es un buen sitio.
Mira al cielo. Está ahí, con
su cuerpo marcando todas las carnes en ese mono ajustado. Hace frio y se nota,
sus pezones lo gritan y la marca de su entrepierna lo canta. Me quito el casco,
me vuelve a mirar de arriba abajo.
—Y tú eres una buena compañía
para un lugar como este.
Tras esas palabras su mirada
lo dice todo pero me tengo que asegurar.
—Lugar y momento, ¿Verdad?
—Sí. De noche, cielo
estrellado. Nosotros y nuestras motos, a solas.
Me acerco a ella. Automáticamente.
Estamos frente a frente. Me acerco más, apenas dejando espacio entre nosotros,
pero me aparta con la mano.
—Te vas a manchar esa chaqueta
tan cara vaquero.
Por un momento me he
preocupado. Me la quito y ella se baja la cremallera del mono. Lleva una
camiseta lisa, done se le transparenta los pechos. No lleva sujetador. Se ha
bajado la cremallera hasta el ombligo. Me pone la mano en la barriga, con los
dedos rozando la cintura.
—¿Cuántas marchas puedes
poner?
Me susurra en la oreja, poniéndose
de puntillas. Le agarro la cintura con una mano y con otra le palpo debajo del
pecho. Nuestros labios se juntan. Tras varios besos nuestras lenguas se buscan
la una a la otra hasta que se encuentran. Mi mano sube hasta su pecho. Tiene la
camiseta sudad, pero está frio. Contraste del calor que pasa con el mono y la
poca temperatura que había antes aquí. Digo antes porque ahora calentamos más
que el tubo de escape de nuestras motos tras ponerlas a máxima potencia.
Cuando rozo el pezón me muerde
el labio y cuando se lo retuerzo hace lo propio con mi lengua. Se pega a mí y
mi rodilla roza su entrepierna, la cual no deja de mover.
—Ya no hace frio.
—Para nada, aunque seguro que
puedes calentarme más.
Cojo la indirecta y bajo más
la cremallera. Lleva legins. Unos legins apretados y mojados. Gime en cuanto
toco su raja, no lleva bragas, y asalta mi oreja. Es más baja que yo, pero sabe
llegar a cualquier lado que quiera tener en su boca. Espero que a los de abajo
llegue igual de bien. Por el momento su mano parece haber encontrado el camino.
Me desabrocha el pantalón,
baja la cremallera y mete la mano en mis calzoncillos. Me empieza a pajear
suavemente, pero no tarda en acelerar en cuanto mis dedos se meten entre sus
legins y tocan su clítoris.
—Métemelos.
Su susurro se hacen órdenes.
En cuanto los introduzco vuelve a gemir y, en unos segundos, tiene un orgasmo.
—Soy multiorgasmica en cuanto
se trata de acariciar el clítoris. Es muy sensible y lubrico mucho.
—Pues en la moto debes
disfrutar.
—No sabes lo que gozo cuando
voy por calles sin asfaltar.
Se aparta, mientras gime
cuando saco los dedos, se quita la parte de arriba del mono y la camiseta. Mi
boca va directa a sus pechos. Le agarro los dos pechos y empiezo a comerme el
de la derecha mientras retuerzo el de la izquierda. Ella me agarra mi entrepierna
y empieza a acariciarla, a menearla. Luego cambio de pechos y una de mis manos
vuelve a su clítoris, a acariciarlo.
Tiene razón, está empapado.
Mordisqueo el pezón y tras
unos gemidos en mi oreja penetro con mis dedos en su coño, haciendo que gima
aún más. Subo mi lengua por su cuello hasta llegar a su boca y entrelazar
nuestras lenguas durante varios minutos en los que parece que se corra varias
veces a medida que acelero mis dedos y ella su mano en mi pene.
Cuando separo mi boca me saca
la mano de sus labios inferiores y me quita la camiseta. Empieza a besarme el
cuello, a mordérmelo. Baja hasta mis peludos pechos y empieza a golpearme los
pezones con su lengua mientras sus manos no dejan de acariciarme el torso. Baja
la lengua hasta el ombligo y me empieza a bajar los pantalones, le ayudo. Llega
a los calzoncillos, los muerde, me mira y los baja. Mi pene choca en su nariz.
Sonríe como una niña cuando ve por primera vez un caramelo.
Abre la boca lentamente. Ya no
parece tan pequeña. Pone sus labios sobre mi capullo y empieza a mover la
lengua en él, a golpearlo. Se introduce un poco más, con un poco de dificultad,
hasta que lo deja atrás para empezar a chupar también el tronco. Me mira con
esos ojos profundos con una perfilada raya decorándolos. Me pone a mil, vuelve
a crecer mi pene dentro de su boca y ella gime. Lo ha notado. Me lo mordisquea a
la vez que su lengua se pasea por todo su ancho. Después cierra los ojos y
empieza a chupar de arriba abajo, cada vez más rápido. Me hace gemir. Le agarro
la cabeza y acompaño su movimiento hasta que la detengo.
—Vamos, quiero ponerte la última
marcha.
—Lo estoy deseando.
Se levanta y va hasta su moto.
Se pone en la parte de atrás, agarrándose con las manos a ella y poniéndome el
culo en pompa.
La agarró de las nalgas y
empiezo a penetrarla, lentamente.
—No me seas gentil. Piensa en mí
como si fuera tu moto.
Aquellas palabras me vuelven
loco. Aprieto su culo con mis manos y empiezo a meterla y sacarla, rápido,
hasta el fondo todo el rato, hasta que mis huevos empiezan a chocar contra su
coño y su cuerpo se estremece, recibiendo cada impacto y moviéndose a cada golpe.
Subo mis manos hasta la cintura y, tras unas embestidas más, a la cabeza. Le
agarro el pelo con una mano y tumbo mi torso sobre ella mientras le doy fuerte
a la vez que azoto el culo.
—Oh, sí. ¡Más fuerte, más
fuerte!
Gime y le veo sacar la lengua
y salivar con cada golpe. Sus caderas y cabeza se mueven al unisón de mi pene y
sus pechos rebotan. Sus tetas logran que mi mano sustituya los azotes por
retorcerle los pezones.
No logro aguantar mucho más y
la saco.
—Quiero más, ¿Por qué paras…?
—Porque el tubo de escape
quiero mantenerlo limpio. Voy a llenarte el de la gasolina.
—¿Qué quie…
No acaba la frase. Un fuerte
gemido lo impide.
Lubrica tanto que su culo está
empapado, dilatado, así que le penetro con facilidad. Esta estrecho, mucho más
que su coño, así que me cuesta acelerar al principio y ella padece placer y
dolor por igual. Pronto su dolor desaparece y gime lo suficiente como para que
la montaña despierte.
Acelero y llego al fondo, cada
vez más rápido.
Grito, gimo, le aprieto los
dos pechos y una de mis manos baja hasta su coño. Colapsa. Empieza a gemir como
si la estuviera penetrando un ejército entero y finalmente me corro. Ella
también.
Jadeamos.
Nos apartamos.
Y sin decir nada se viste, se
monta en la moto, arranca y se marcha.
Yo me quedo reposando. Voy a
la monto y saco del baúl un paquete de cigarros. Enciendo uno y empiezo a fumármelo.
—Increíble…
Pienso salir más en moto, pero
por hoy he tenido suficiente. Me visto, estornudo un par de veces y me subo a
la moto. Arranco y vuelvo por el camino.
Cuando paso por el área de
servicio me cruzo con una motorista que va en dirección contraria. Freno, hecho
gasolina.
Miro el móvil, es tarde. Las
cinco de la mañana.
Mando un mensaje:
“Cariño, hoy he ido antes a
trabajar que tengo reunión”
Arranco la moto y acelero…
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