viernes, 30 de octubre de 2015

Clase de pintura.

Una persona desnuda que quiere pintar cuerpos desnudos...
tu con ella, a solas, en el local donde enseña pintura...
Espero que os guste y os humedezca el nuevo relato ;)


Clases de pintura.

Tengo que buscar para mi sobrina algo de extraescolares porque ya no puedo hacerle de canguro y siempre le ha parecido bien la pintura. Tras mirar varios anuncios encuentro uno llevado por madre e hija, con muchos años de experiencia y con clases centradas para niños.

No me han cogido el teléfono así que voy sin avisar.

Llego al local donde hacen las clases. Pico a la puerta y está se abre un poco. No contesta nadie, así que entro.

—¿Hola?

Nadie contesta.

Estoy en la recepción y a la derecha hay un pequeño pasillo. Me adentro en él y hay varias puertas, con una al fondo en la que hay luz. Me asomo, tiene cristalera. Veo la sala de su interior: Lleno de taburete, lienzos y, al fondo, un escritorio con una despampanante chica morena tumbada hacía arriba, desnuda. Con una de las rodillas alzada y la otra pierna estirada. Una mano sobre su plano vientre y la otra echada atrás, apuntando a la pared con su dedo índice. Su cabello castaño y ondulado cae por el costado del escritorio.

Me quedo en shock. Si estuviera pegado a la puerta habrían escuchado como picaba con mi miembro en ella de lo rápido que se ha levantado.

—Mírame un momento.

Esa voz no sé de dónde viene. Me fijo en la sala y veo que al fondo, en la pared contraria al escritorio, hay una señora de buen ver pintando. Miro de nuevo a la chica desnuda y ella gira la cara, me ve. Se exalta.

—¿Pasa algo?

—Sí, paremos mama.

Doy unos pasos atrás, no sé qué hacer. Ella señala a la puerta y la madre también me ve. Salgo del pasillo hasta donde estaba lo que parecía ser la recepción.

Pasa un minuto escaso y escucho como se abre la puerta y se cierra. Oigo los pasos de las dos, viniendo hacía donde estoy. Preparo una disculpa para en cuanto las vea aparecer.

—Perdón — Hago una reverencia. —Piqué a la puerta y se abrió y al no ver a nadie busque para ver si encontraba a quien lo llevaba.

—Mira que te tengo dicho que cierres la puerta con llave, hija.

—Disculpa, sabes que soy una despistada.

La chica desnuda se ha puesto un vestido blanco con encaje en la zona de debajo de sus pechos, además de tener estos alzados y sujetos con unas costuras con forma de ramas, aunque hay una parte sobresalida que son sus pezones y no ninguna costura. El vestido le llega a las rodillas. Calza unas bailarinas. Sus piernas son finas, parecen de seda, con una piel con un poco de color. El repaso se me hace inevitable. Cuando vuelvo la vista arriba, pasando por su enorme escote, veo sus ojos castaños protegidos por unas gafas de pasta, cuadrada, grandecitas, que se aguantan sobre una nariz perfectamente centrada y una sonrisa blanca, grande y con las muescas en la piel de sonreír a menudo.

—Lo siento de veras — Digo de nuevo, antes de que puedan ponerme mala cara por mirar a la hija de arriba abajo, aunque la madre también tiene buen tipo. Será de herencia.

—No te preocupes, culpa nuestra. Además, así se acostumbra por si algún día la cogen de modelo para pintar desnuda.

—¡MAMA!

—Sí hija, sí. Asúmelo, yo ya no motivo tanto como antes.

—Señora, más de uno quisiera pintarla desnuda.

Se ríe y se sonroja.

—Pero seguro que ella motiva más.

—Bueno, con un modelo así sabría mal no dibujar bien, desde luego.

—Estoy aquí, ¿Sabéis?

Intenta ocultar la sonrisa, pero su rostro muestra que se ha sonrojado.

—¿Y por qué estás aquí? — La madre me pregunta mientras me da un repaso de arriba abajo sin disimulo alguno, ahora me siento un poco mejor por habérselo dado yo a la hija.

—Veréis, estoy buscando clases de pintura para…

Suena un móvil. La madre de lo saca de los pechos mientras la hija se pone la mano en la frente y reniega con la cabeza.

—¿Sí? Vale, ahora voy para allá — Cuelga. —Es tu padre, cariño. ¿Puedes encargarte tú?

—Sí mama.

—Os cierro la puerta para que no os molesten, vaya a ser que os asustéis.

Creo que me ha guiñado un ojo. Se marcha, cierra con llave y me quedo a solas con la hija, que se le ve un poco nerviosa y a mí se me debe de ver cómo me cuesta apartar la vista de sus pechos.

—Hablabas de una sobrina, ¿No?

—Sí. Tiene siete añitos y le gusta mucho pintar. Normalmente la cuido yo, pero en breves empezare a estudiar y no puedo.

—¿Oh? ¿Y qué estudiarás?

—Programación de videojuegos.

—Entiendo. — Se enrolla uno el pelo en el dedo índice mientras me mira, repasándome ahora ella. —Si necesitáis alguna ilustradora ya sabes.

Sonríe, parece decirlo muy sinceramente.

—¿Ya tendrás tiempo entre tantas clases y desnudos?

Vuelve a reírse, sonrojándose un poco.

—Aquí ayudo a mi madre con las clases y los desnudos, bueno, me gusta más dibujarlos que ser dibujada.

—¿Sí? Qué pena, con lo bonito que deben de ser los dibujos de tu cuerpo.

—Oye, que mis dibujos también son preciosos.

—Pero si el modelo es de buen ver mejor, ¿No?

—Por supuesto, si quieres te lo demuestro — Levanta la barbilla con orgullo, parece decirlo en serio. Me ha pillado desprevenido. —¿Qué? Tú ya me has visto desnudo, no es justo si yo no.

Parece decirlo inocentemente, pero en su mirada veo deseo o eso quiero creer. La verdad es que estoy empalmado desde que la he visto y solo pudiendo ver sus pezones e imaginándome que tampoco lleva bragas bajo ese puro vestido blanco es imposible que se me baje la hinchazón.

—Vale, veamos las artes de la que enseñará a mi sobrina

—Pues ven hacía aquí — Se va de espaldas, guiñándome los ojos y llamándome con el dedo índice, contrayéndolo hacía ella.

La sigo hasta la sala donde estaba con su madre. Entra ella primero, luego yo.

—¿Dónde me pongo?

—Apoyado en el escritorio, ven — Voy al escritorio, me acompaña. —Ahora te diré como ponerte.

Puesto ya lo estoy y ahora enseguida lo verá.

—¿Me desnudo?

—Por favor.

Me contempla apretando los labios, respirando fuerte pero silenciosamente. Sus manos se agarran el vestido, lo arrugan. Empiezo a quitarme la ropa. Primero el suéter. Me cuesta sacármelo y ella me alluda, poniendo una de sus manos sobre mi torso. Son suaves, blandas, frias.

—Tienes buen cuerpo para ser dibujado.

—Tú me superas.

Me desabrocho el pantalón, de cinco botones, y la polla, embutida en los calzoncillos, sale de golpe al liberarse de la presión. Ella mira atónita mientras me quito los pantalones, con la boca abierta.

La miro, desvía su mirada. Sonrío y veo como me mira de reojo mientras me quito los zapatos y, inmediatamente después de los calcetines, me quito los calzoncillos. Mi pollas parece un muelle  se pone reta, erecta y mostrando la vena mejor que nunca. Ver sus pezones afilados a través de su vestido y como va rozando las piernas, deseando que no lleve bragas, han hecho que se me ponga aún más dura que cuando ella estaba como yo.

—¿Te sorprende? ¿Qué esperabas que me pasara tras ver ese cuerpo tuyo?

—Idiota exagerado.

—Para nada, quien esta buena lo está y tú eres de esa. — Se acerca a mí, mirándome fijamente. —¿Cómo me pongo?

—Parece que mucho — Se ríe, igual que yo. —Ahora te digo.

Me palpa la cara, luego el pecho. Baja la mano por el torso y me agarra la cintura. La mano hace el gesto de bajar y para en un último momento. La miro, me mira.

—Palpo para ver las proporciones de tu cuerpo.

—Palpa lo que quieras, ahora soy TÚ modelo.

Se le oye palpitar y a mi debe de estar notando como el corazón me va a mil. Sus manos heladas se han vuelto cálidas sin perder ápice de suavidad mientras baja por la ingle, rodeándome la entrepierna hasta que sus dedos empiezan a escalar por mi pene.

Me aguanto un gemido, lo ahogo, pero mi polla palpita entre sus manos, sobretodo cuando presiona la vena.

—Es increíble… — Se agacha, la contempla.

—¿El qué?

—Lo marcada que está la vena y… bueno… cómo reacciona.

—Puede reaccionar aún más, según como la palpes…

Lo dejo caer. La situación es perfecta. Me la está tocando, me la está palpando. Me he puesto demasiado, no me controlo. El líquido preseminal asoma.

Me vuelve a mirar, mi corazón va a mil. Abre la boca y la acerca a la punta de la polla. Posa sus labios en el capullo e inmediatamente se la introduce en la boca. Su lengua roza la vena y empieza a lamérmela entera. Con la boca abierta se traga la mitad, luego se la saca.

—Ya veo cómo reacciona…

Pasa la lengua por sus labios y vuelve a introducirse mi pene en su boca. Me masturba con la mano a la vez que me la chupa, apretando y rozando fuete con los labios mientras marea su lengua alrededor de mi polla.

Parece gustarle, la otra mano empieza a deslizarse por sus pechos, tocándoselos. Alargo mi mano hacía abajo y llego también, a uno de ellos, pasándolo por dentro del vestido hasta que su enorme pecho sale de éste. Es enorme, con pezón pequeño, tacto gelatinoso: muy blando.

—No es justo que solo yo esté desnudo.

Me mira, por encima de las gafas, sin dejar de comérmela. Esta tres minutos sin parar y luego se saca la polla de la boca. Se levanta, sin soltármela.

—Pues desvísteme.

Le quito los tirantes del vestido y se lo bajo hasta que tiene los dos pechos libres, momento en el que paro. Los palpo, son blandísimos.

—Esto también está bien palparlo.

—Pues pálpalos todo lo que quieras — Me susurra en la oreja mientras empieza a masturbarme con más ímpetu.

Los toco, los amanso, hundo mi cara en ellos y empiezo a lamerlos. Ella gime. Mi lengua rodea sus pezones, velozmente, chocando a veces con ellos. Tras unos segundos baboseándoselas pego un pequeño mordisquito, ella me aprieta la polla y gime. No sé si le ha dolido, le ha gustado o ambas cosas.

—¿No palparás más cosas?

Se le nota acalorada. Su melena está desbocada y su mirada se ha vuelto lasciva. Ya no parece tan inocente y risueña. Pero me gusta, sonrió.

Giro sobre nosotros y la pongo a ella de espaldas al escritorio.

Empiezo a bajarle el vestido y cuando lo tiene en el suelo mis ojos se iluminan: no lleva bragas. Tiene el coño al air, con un poco de bello, rasurado, por encima de la raja. Le doy un beso, suspira placenteramente. Le doy otro, apretando un poco más, ahoga un sonido erótico. Se lo doy con lengua y finalmente gime. Sus labios se abre al paso de mi lengua y sus piernas se separan. Mis labios empiezan a besar su clítoris como si de una boca se tratase y empiezo a acariciarle el culo, muy terso, con mis manos. Aprieto con la lengua, acelero, la paso desde el inicio del agujero de su coño hasta golpear el clítoris, de arriba abajo, varias veces. Gime, gime mucho. Tras varios minutos haciéndole perrerías con la lengua mis dientes chocan contra su clítoris, apretándolo entre ellos, mordisqueándolo.

Me estira del pelo, hacia arriba. Me levanto, nos besamos. Sus labios son muy suaves, es como besar una superficie esponjosa, como cuando comes un flan.

Mi polla está rozando su coño húmedo. No puedo evitar mover la cintura y ella empieza a hacer lo mismo. Sus manos me la agarra y con sutileza, y sentándose un poco sobre el escritorio, se la introduce ella misma.

Me emociono, no pregunto si quiera y empiezo a embestirla. Ella pasa sus brazos sobre mi cuello y pone su boca al lado de mi oreja, donde empieza a gemir. Mis labios besas su cuello, lo muerden, a la vez que la penetro duramente. Poco a poco voy moviendo mi cabeza, besando y mordiendo por donde pasa, hasta que la aparto un poco y me pongo frente a sus pechos. Ella sabe que hacer: me hunde la cara en ellos.

Acaba estirada sobre el escritorio y yo encima de ella. Espero que aguante.

Fallo de cálculos, quien no aguanta soy yo.

—Mierda, mierda, me voy a correr.

—Puedes dentro, no te preocupes.

Esas palabras me quitan toda esperanza de poder soportarlo. Me corro. Acelero, voy más brusco. Las patas del escritorio se resienten y se les oye quejarse. Ella gime, gime locamente, yo también. Al final reculo y empiezo a masturbarme mirándola. Ella se da cuenta, se levanta y empieza a tocarse los pechos mientras me mira por encima de las gafas. Se agacha y pone los senos a la altura de mi polla. Me la masturbo con ellos, chocando con sus pezones y hundiéndolos en ellos. Gimo, gimo mucho, grito, me corro, chorreo sus pechos, le salpico en la lengua y las gafas.

—¿Esto cuenta como pintura?

Se ríe.

—Idiota. Eres un cerdo, ¿Por qué no has acabado dentro?

—Porque yo aún tengo algo que hacer ahí.

Se queda perpleja. La levanto y soy yo quien se agacha. Le abro con los pulgares de las dos manos el coño y empiezo a lamerle el coño. Me centro en el clítoris, pasando la lengua por él, de arriba abajo y de abajo a arriba, repetidas veces y con toda la superficie de la lengua, rápido, muy raído, y presionándolo fuerte. Ella no se lo espera, se pone una mano en la boca pero no logra evitar el gemido. No paro, acelero, esta vez aguantando su clítoris con los dientes y pasando la punta de la lengua por encima suyo, haciendo círculos, mientras los dedos índice y corazón de mi mano derecha están en el interior de su coño, con la yema de los dedos acariciando velozmente esa parte rugosa a la vez que con la mano que me queda libre no dejo de retorcerle y pellizcarle los dos pezones que, gracias a que ella con sus manos aprieta sus pechos, puedo tocar a la vez. Gime, cada vez más, a la vez que yo acelero todo. Gime, gime. Me pide más, se lo doy. Me duele la mandíbula porque mi lengua se vuelve loca con su clítoris así como mi boca entera. Succiono, golpeo, presiono, mordisqueo, a la vez que mis dedos no dejan de masturbarla y sus pechos, con mi semen aún, no deja de ser pellizcados.

Se corre. Noto un chorro impactando en mi cara. Se corre mucho y gime, gime más que se corre. Me agarra la cabeza, los pelos, me los estira pero me estampa contra su coño, donde no dejo de lamer y rozar con los dientes a la vez que no paro de masturbarla mientras, la mano que tenía en los pechos, le agarro una de las piernas para que no caiga por perder el equilibrio.

Me hace parar, ya lo tiene sensible. Nos sentamos. Descansamos unos minutos en silencio.

—Tu sobrina puede aprovechar la oferta.

—¿Qué oferta?

—Una que estreno hoy, en la que no tendrá que pagar nada.

Sonrió, sonríe. Nos vestimos. Salimos y cuando vamos a recepción vemos un lienzo, con un dibujo suyo y mío follando. A trazos inacabados, con pocos detalles. La puerta de la tienda está sin la llave echada. Nos miramos, nos besamos, me marcho.

En breves nuevo relato.

Ir a preguntar por clases de pintura... interrumpir un retrato al cuerpo como nuestra madre nos trajo al mundo...

Humedos días/tardes ;)

jueves, 29 de octubre de 2015

Hacedlo por el otro

Hacedlo, haced el amor. Pero intentar siempre hacerlo para que la otra persona disfrute. Intentad que el/la otr@ disfrute y ell@s harán lo mismo, porque estarán mas cachond@s, porque querrán estar a la altura, porque tendrán la necesidad de hacerlo.

Follad queriendo que la pareja de baile vea las estrella y no sepa donde se encuentra y haréis un viaje especial ;)

miércoles, 28 de octubre de 2015

Tren sin habla.


Buenas tardes/noches.

Varios viajes diarios en tren. Aburridos, repletos en la ida pero solitarios en la vuelta... silenciosos... hasta que un día te despierta y... te pones a mil por lo que ves ante ti.


Tren sin habla.

Las nueve de la noche.

Último tren a interiores: el mío.

Estudiar en la universidad me obliga cada día a pasar más de cuatro horas de tren entre idas y venidas. La vuelta casi siempre en solitario, casi nadie se sube nunca y a medio recorrido ya se han bajado los pocos que han podido entrar.

Entro y, como me esperaba, no hay nadie. Me acomodo en un asiento y apoyo mi cabeza en la ventana.

Arranca el tren, empieza el traqueteo, empieza a acusarme el cansancio y quedó totalmente dormido.

Tengo frio. Una brisa me despierta. Alguien ha debido de abrir la puerta en una parada para entrar o salir. Miro el reloj y apenas ha pasado quince minutos. Apenas abro los ojos, vuelvo a dormirme.

Me parece oír algo más que los trenes. Afino el oído. ¿Gemidos? Imposible. Abro los ojos, con dificultad, y miro a mi alrededor. En mi grupo de asientos no hay nadie, en el de al lado tampoco, pero sí en el que está en diagonal a los míos. Una chica, bastante joven. Está sentada con los pies encima del asiento, rodillas a la altura de la cabeza y piernas abiertas. Falda y con las bragas chorreando porque tiene una de sus manos metiéndose los dedos.

Calza unos zapatos negros, con calcetines blancos. La falda es azul con cuadros verdes, como el suéter que lleve. Al lado hay una mochila con una insignia. Su cara lasciva, colorada, con los ojos negros muy abiertos y fijados en mi regazo que, ahora mismo, está muy crecido. Boca pequeña, abierta, con lengua afuera. Varias pecas en la nariz y los mofletes. Cabello largo, negro, con dos trenzas. Está claro que viste uniforme de colegio, de colegio privado posiblemente.

Me quedo atónito ante la escena. Ha empezado a tocarse incluso más cuando he abierto los ojos. Se ha tenido que dar cuenta, y parece que le ha puesto más.

Me reincorporo, se exalta. Se saca rápidamente la mano de las bragas y baja las piernas. Puedo comprobar entonces como la falda le llega a las rodillas y como tiene buen busto. Se tapa la boca con la mano, como ocultando un susto, pero la mano que usa está llena de sus flujos vaginales y parece no poder aguantar lamerlos. Se pierde en sí misma mientras chupa sus dedos. Mi mano baja a mi paquete y empiezo a tocarme.

Deja los dedos limpios mientras que a mí me duele la polla de lo que me aprieta los pantalones. Se acuerda otra vez de que estoy despierto, me mira pero no tarda en enterarse que me estoy tocando mientras la contemplo. Su cara es de asombro. Se muerde el labio mirándome, vuelve a abrir sus piernas y se levanta la falda y sus manos se deslizan entre ésta hasta pasearse por sus ingles, acariciando de refilón su coño.

Se muerde más fuerte el labio, me mira. El paquete, no a mí. Mira mis manos, como me toco, como me desabrocho el botón y bajo la cremallera. Como me masajeo por encima de los calzoncillos el bulto palpitante que tengo por su culpa.

Me muerdo el labio, estoy muy puesto. Quiero meterme la mano en los calzoncillos, pero recuerdo donde estoy. Que es una desconocida. Esto es una locura.

Ahoga un gemido y cierra los ojos. Se está apretando el coño mientras se toca con la otra mano los pechos por encima debajo del suéter. Su lengua no deja de salir y entrar por la jadeante respiración que tiene. Sus bragas están húmedas, manchadas. Sus ojos apenas se mantienen abiertos. Se mete los dedos, imagino que incluso penetrándose, no puede aguantar y se estremece, gimiendo, gozando.

Cuando me doy cuenta tengo la polla fuera con mi mano e ella, masturbándome mientras la miro. Ella me contempla entre gemido y gemido. Se aparta las bragas para que vea su coño, abierto, con sus dedos dentro. Se sube el suéter, sin llegar a quitárselo, para que vea sus pechos sobresaliendo del sostén, grandes, con los pezones como puntas de flecha.

Cada vez voy más rápido y ella cada vez se penetra y gime más. Primera parada desde que nos tocamos, ni se abren las puertas. Cuando el tren vuelve en marcha no aguanto más y me levanto y avanzo hasta la esquina del asiento de enfrente, poniéndome a un metro de ella. La veo mejor, como se muerde el labio, como saca la lengua mientras mira lascivamente mi polla. Como se toca los pechos y retuerce los pezones. Como está abierta de piernas metiéndose los dedos y gimiendo. Me corro, gimo, mancho su mochila. No se inmuta, solo mira mi semen caer desde mi polla, que aún está erguida.

Se levanta del asiento y se pone de rodillas. Se arrastra, tocando mi semen del suelo, hasta llegar a mi polla aún manchada. Empieza a chuparla. No puedo creer lo que me está pasando, estoy tan puesto que aún la tengo dura. La lame como si fuera un helado de hielo, como si fuera algo delicado. Cogiéndola con las dos manos, pero sin usar fuerza, mientras lame desde los huevos al capullo por toda la polla, hasta limpiarla entera.

Le acaricio la cabeza y enrollo una de sus trenzas en mi mano, tirando su cabeza hacia arriba Me mira, veo sus dientes y como su lengua los repasa. Vuelvo a masturbarme y empujo su cabeza para que mire al frente, a mi polla. Abre la boca, saca la lengua, golpe con el capullo en ella y luego la penetro mientras sigo teniendo su trenza agarrada y mi otra mano pasa a su cabeza. La penetro como si fuera un coño, mala idea, se atraganta. Freno y la saco. Me mira, esta serie. Mi cara muestra preocupación, la de ella muestra enfado o frustración: no estoy seguro.

Me agarra el culo con las manos y abre su boca. Empieza a comerme la polla, lentamente avanzando: se la traga entera. Mi gemido se escucha en todo el tren, así como sus arcadas tras sacársela. Llora, pero sonríe y me mira satisfecha.

Me vuelve a coger la polla, me la menea y mientras lo hace pasa la lengua por el capullo. Pasan unos segundos y empieza a mamarla fuertemente. Otra parada, por la frenada le pego un pollazo sin querer, aunque no se inmuta. No se ve nadie en la estación y las puertas no se abren, el tren reanuda la marcha.

Sus labios aplastan mi polla allá por donde pasan y su lengua después hace estremecerse mientras me rodea y lame todos los resquicios del pene.

Tiro de su coleta, varias veces. Me mire, sonríe, y empieza a chuparla locamente. Adentro y a fuera, haciéndome gemir. Cada vez más rápido. No aguanto más, tiro de la trenza y la levanto haciendo que suelte mi polla. La beso apasionadamente en un inicio, pero el tren vuele a parar y hace que de unos pasos atrás. Ella cae y acaba sentada en un asiento.

Me pongo sobre ella, levantándole el suéter y tocándole los pechos. Ahora comiéndoselos, mordiendo sus pezones.

Su mano llega a mi polla y empieza a masturbármela mientras la otra me acaricia la cabeza Mi mano libre también va a su entrepierna, muy húmeda, y empieza a tocarla. Comiendo con la lleva de mis dedos y luego voy introduciéndolos un poco más para abrir sus labios inferiores y acariciar su clítoris. Empieza a tocarme más rápido y yo comienzo a penetrarle los dedos, cada vez más rápido. Sus piernas se enredan en mi espalda y su mano guía mi polla a su coño. La penetro.

Es algo incómodo, suelto mi mano izquierda de sus pechos y la pongo sobre el cabecero del asiento para mantener el equilibrio. Ella se aguanta también con una mano en el asiento y con la otra en mi cuello.

El tren para entre gemidos, no veo nadie en la estación, pero una de las puertas se abre. Nos quedamos pálidos, pero en vez de frenar acelero porque la situación me pone mucho y ella empieza a gemir más. Veo alguien que ha salido de un vagón girarse sorprendido, creo que no me ha visto. Las puertas se cierran y arranca.

Gime, gime mucho. Más cuando le mordisqueo el pezón cuando tengo la oportunidad entre tantos movimientos de sus pechos, de mis pollazos y del propio tren.

Pasan unos minutos y resbalo, por el sudor, cayendo al suelo. Se ríe y me ayuda a levantarme. Me acaricia la polla y me besa el cuello. Para, se gira y se apoya contra la ventana del tren, estando de pie. Saca culo y se echa la falda arriba, dejando sus braguitas chorreando al aire.

Le aparto con la mano las bragas y acerco el capullo de mi polla. Entra sola, está muy lubricada. Gime. Gimo. Empieza a mover sus caderas, circularmente, mientras yo empiezo a penetrarla.

La cojo de la cintura y empiezo a penetrarla fuerte mente. Gime, gimo. Una de mis manos se va a sus pechos y la otra a sus trenzas. Le agarró las dos a la vez y estiro. Gime más, mucho más fuerte. Pasa una de sus manos hasta su coño, acariciándoselo y, además, acariciándomela.

El tren está llegando a otra estación. Hay gente, pero están todos mirando el móvil. Veo una señora frente nuestro vagón; abre la puerta, entra, se exalta y sale corriendo. Se cierra la puerta, el tren sale. Le hemos hecho perder el tren. Paramos un momento y nos reímos pero de la propia risa empieza de nuevo el movimiento que incita a hacerlo.

“Próxima estación…” La mía. Me pongo nervioso, no quiero parar. Ella lo nota, me ve por el reflejo del cristal. Se irgue y separa mi polla de su coño. Me acaricia la cara, flexiona las piernas y empieza a chupármela mientras no aparta la mirada de mi. Me pone mucho, me muerde el capullo, luego las venas marcadas por su culpa. Pasa la lengua por toda ella, una y otra vez. Pasan unos segundos mientras hace eso. Empieza a chuparla, a masajearme los huevos, a palparla con los labios. No aguanto más, estoy a punto de correrme.

Cada vez gimo más, y más. Se saca la polla de la boca y se la pone entre los pechos. El sujetador molesta, se lo arranca. Empieza a masturbármela con sus grandes y esponjosos pechos mientras mira mi polla con cara lasciva y lengua abierta. Empiezo a correrme. Apenas sales a presión, imagino que por haberme corrido antes. Sus pec­­­­hos se manchan, sus labios también y parte llega a su lengua. El tren para. No deja de lamerme y limpiármela. Las puertas se abren. Se aparta y se sienta, tocándose el coño con una mano limpiándose el semen de los pechos con la otra para luego lamerlo.

Salgo corriendo, con la polla fuera. Me la guardo, hace frio, se me encoge enseguida. Se cierran las puertas y ella esta con los pechos pegados a la ventana, mirándome lascivamente. El tren se marcha, me he dejado mi maleta… Espero que me la devuelva o, como mínimo, volverme a encontrar con ella.

martes, 27 de octubre de 2015

En breves nuevo relato: Buen despertar en el tren.

Buenas, en breves subiré un nuevo relato que espero que haga las delicias de todos y os de esperanza para esos largos viajes en tren ;p
Buenos (y húmedos) días.

Empezamos la última semana de Octubre.

Espero que podáis disfrutar de los mejores placeres los días que quedan antes de entrar en Noviembre (y que hostias, todos los malditos días).

No seáis reacio al sexo matutino, aunque hayáis tenido nocturno, puede haceros empezar el día de forma gloriosa.

viernes, 23 de octubre de 2015

Correr y correr y correrse.

Salir a correr, volver empapado, subir en el ascensor con el/la nuev@ vecin@ y ofrecerle ducharse en tu casa porque se ha dejado las llaves...

Espero que os guste, dulces y húmedos días ;)

Correr y correr y correrse.

Siete y media de la mañana.

Llueve a cantaros.

Me ha pillado la lluvia justo cuando empezaba a correr, suerte que no estoy lejos de casa. Corro deprisa pero con cuidado, para llegar lo antes posible a casa.

Llego al portal, justo llega una vecina que se mudó hace poco, de mi edad aproximadamente. Está empapada y por la vestimenta imagino que también salió a correr.

Lleva su cabello, rubio natural, recogido con una cola y una diadema negra, fina. Sin maquillar, pero con sus ojos azules y cejas bien arregladas radiantes, además de su pequeña nariz a juego con sus labios, aunque carnosos, pequeños.  Viste un top negro, con los costados rosa, que le deja la plana barriga al aire y de cintura abajo viste unas mallas, yendo a juego con el top. Su calzado son bambas normales, rosa chicle. La ropa está pegada. Si de por sí es ajustada con el agua deja poco a la imaginación.

—¡Hola!

Jadea mucho, parece estar cansada.

—Veo que también te ha pillado la lluvia.

—Sí… — Va a su buzón, lo abre verticalmente. Debe de estar roto, ya que no usa llave y por lo general se abren como una puerta normal. —Mierda, me lo imaginaba.

—¿Sucede algo?

—Me he dejado las llaves y mi madre no vuelve hasta el mediodía. Dios, voy a pillar una pulmonía.

Me mira mientras se muerde el labio, parece muy preocupada.

—Si quieres puedes pasar a mi casa y te pegas una ducha, sino puede que si que cojas un resfriado.

—¿De verdad? ¿No te molestare?

—No, vivo solo y hasta las doce no tengo clase.

—¿Estudias?

—Y trabajo, pero es lo de menos ahora. Démonos prisa o nos resfriaremos los dos.

—¡Gracias! — Me abraza saltando a mi cuello. Noto sus pechos, también sus pezones afilados como escarpia. —Me salvas el día — No sé qué responder, me ha pillado por sorpresa y mi frio pene empieza a notar calor. Se separa y yo me dirijo a la escalera. —¿Podemos ir en ascensor? Con lo torpe que soy seguro que me resbalo por las escaleras.

—Claro.

Llamo al ascensor, se coloca a mi lado mientras esperamos. Es más bajita que yo, apenas me llega por los hombros. No tiene mucho pecho, pero acorde con su esbelto cuerpo, mientras que sus caderas se ven algo anchas para su cintura de avispa, algo que no me desagrada.

Llega el ascensor. Entro primero, ella se coloca delante de mí.

—¿Qué piso es?

—El quinto.

Pica y las puertas se empiezan a cerrar.

—Con lo lento que es me da tiempo hasta a hacer el calentamiento.

Me rio, la verdad es que yo estoy ya caliente por su culpa.

—Es cierto.

Empieza a estirarse de brazos, pasamos el primer piso.

Sigue con la cintura, doblándola a los lados y extendiendo los brazos, pasamos el segundo.

Sigue con la cintura, colocándose las manos en ella y haciéndola girar, como si estuviera jugando con un aro gigante. Su mojado trasero roza varias veces mi chándal, chocando con mi pene. Pasamos el tercero.

Vuelve a extender los brazos y se dobla hasta tocar el suelo. Su culo se apoya definitivamente en mi pene. Pasamos el cuarto.

—Espero que no te moleste — Está moviendo el culo a la vez que los brazos, haciendo que me empalme. Es imposible que no se de cuenta.

—No, no… en absoluto.

Pasamos el cuarto. Se levanta a la vez que da un pequeño paso atrás, con su culo clavándose en mi miembro. Llegamos al quinto, el ascensor para bruscamente, se resbala y la cojo por la cintura. Junto mi pelvis a ella y mi empalmado pene se adapta a la forma de sus nalgas. Palpita, sus nalgas se mueven por encima de él, palpita más y creo rozar su coño.

—Gracias — Se gira sin apartarse un centímetro. Ahora definitivamente estoy tocando su coño con el pene. —Ya te debo dos — Me guiña el ojo y sale del ascensor.

Vamos hasta la puerta de mi casa, dejando un rastro mojado. Abrimos y le acompaño por el pasillo hasta llegar al comedor.

—El baño está en la primera puerta del pasillo desde aquí, puedes entrar tu primero.

—Ahí, no me parece justo. Es tu casa, vas a resfriarte.

—Tranquila, así me da tiempo a preparar un poco de ropa y toallas.

—¿De verdad no te importa?

—De verdad.

Se va al baño. Tras unos minutos escucho como enciende la ducha.

Voy al patio de luz, que se accede desde la cocina que también está en el pasillo. Me desnudo y meto la ropa en la lavadora. Salgo de la cocina y me cruzo con mi vecina, fuera del lavabo, con una toalla envuelta en el cuerpo.

Me quedo sin habla, me mira de arriba abajo. Yo hago lo mismo. Sus lisas y mojadas piernas se muestran hasta los muslos, donde empieza la toalla que justo acaba en un bonito, aunque pequeño, escote al que sigue unos estilizados hombros y cuelo seguidos de un bonito rostro mojado que ahora lleva el pelo suelto y revuelto.

—Vaya… — Me mira la entrepierna, empalmada totalmente.

Tardo en percatarme de lo que está mirando y del estado en el que está.

—¡Ah! Lo siento.

—Yo si que quiero sentirlo…

—¿¡Qué!?

Me sorprendo, pero ella también se exalta. Parece haber hablado sin pensar. Pero lejos de sonrojarse me mira y se muerde el labio. Se suelta la toalla y se abalanza sobre mí.

—Dúchate conmigo — Me susurra a la oreja mientras sus brazos rodean mi cuello. —Así no pasaremos frio — Me acaricia el pene con una de sus manos, crece más, se calienta más él, ella y yo.

—No responderé ante lo que haga.

—No quiero que respondas, sino que lo hagas.

Le muerdo el cuello, se estremece, gime. Le cojo la mano y me la llevo al baño, entramos en la ducha. La enciendo, agua caliente, aunque tarda en salir a la temperatura deseada nosotros creamos el ambiente.

Me mira con cara inocente, dese abajo, con la boca abierta, pero mordiéndose intermitentemente el labio inferior. Acerco mi boca a la suya pero la desvió a su cuello en el último momento. Mientras le agarro fuerte los dos brazos, contra su cuerpo, empiezo a morderle y poco a poco mis bocados suben hasta llegar a la oreja. Gira bruscamente la cabeza y me muerde el labio. Se suelta gracias a estar mojada y resbaladiza. Aprovecho para agarrar sus carnosas nalgas y azotarla un par de veces mientras le agarro con los dientes la lengua.

Me empieza a acariciar bruscamente el pene. Gimo. Le azoto. Gime. Separo nuestras bocas y vuelvo al cuello, besándolo esta vez, hasta que llego a sus pechos donde empiezo de nuevo a morder y lamer. Senos y pezones, indiscriminadamente, sin control, mientras ella no deja de pajearme, cada vez más rápidamente. Una de mis manos pasa a su coño, donde su propia húmeda empieza a predominar.

Me empieza a morder el cuello ella mientras con la mano que tiene libre me araña la espalda. Suelta mi polla y levanta su pierna izquierda, subiéndola hasta mi cintura, haciendo que mi pene roce su coño. Le abro los labios inferiores con mis dedos y ella guía mi polla a su interior. Empiezo a penetrarla a la vez que nuestras bocas se reencuentran. Nuestras lenguas luchan y los dientes de ambos quieren morderlas, pero es ella quien me la agarra esta vez. Me agarra la cara con sus dos manos mientras no dejo de penetrarla duramente y empieza a besarme como una posesa, perdiendo el control, mordiéndome el labio y la lengua, metiéndome la suya hasta la garganta. Para tener la boca tan pequeña puede abrirla mucho y esconde una gran lengua.

Pese a lo bruta que es me pone mucho y empiezo a penetrarla más duramente, agarrándole las nalgas y azotándolas alguna que otra vez. Sus manos pasan de mi cara a mi espalda y me la araña.

Empieza a seguir el ritmo de mi penetración moviendo sus caderas, haciendo que los dos gimamos como locos. Si alguien quedaba durmiendo en el bloque ya lo hemos despertado.

Pasan unos minutos, paramos. Se da la vuelta y se apoya en la pared, sacando el culo. Empiezo a masajearle las nalgas, pasando los dedos por su coño y su ano. Cojo el jabón y se lo hecho por encima, especialmente por el ano que, poco a poco, va dilatándose.

—¿Qué quieres hacerme ahí, pillín?

No contesto con palabras, sino con la polla. Le penetro sin aviso. Grita. Sigo, adentro y afuera, mientras con una mano le tapo la boca, apoyándome sobre su espalda, y con la otra le froto fuertemente el clítoris. Me muerde los dedos, le suelto la boca, gime. Me reincorporo y empiezo a penetrarle rápidamente a la vez que le azoto con una mano y le agarro fuertemente el culo con la otra. Ella no deja de gemir, pone una de sus manos contra la pared y con la otra empieza a frotarse fuertemnte el coño. Cada vez gime más y más rápido, yo tampoco dejo de hacelro.

—¡Me corro, me corro! — Se frota más rápido, la penetro más y le coloco los dedos de mi mano derecha en la boca mientras con la izquierda le retuerzo los pezones del pecho. —Síiii… — Empieza gritando para luego ir bajando el tono a medida que la “í” se alrga.

Le tiemblan las piernas, saco mi polla de su culo y en ese momento emite un gemido ahogado.

Se pone de pie, con dificultades, se gira y me besa con pasión. Después va bajando su lengua por mi cuelo y hasta llegar a los pezones, donde se para para succionarlos. Sigue su camión hasta acabar de rodillas.

En una mano tiene el jabón, que se echa en los pechos para luego tirarlo al suelo. Se frota los senos con su mano y después me da un beso en la polla. Seguidamente saca pecho y empieza a pajearme entre sus tetas.

—¿Te gusta?

—Me encanta.

Aumenta la apuesta chupándomela a la vez que me pajea con sus pechos, cada vez más rápido. Son suaves, blandos, esponjosos. Es increíble lo rápido que lo hace. A veces le sale la boca y suena como una botella descorchándose. Aprovecha para escupir agua que traga por la ducha y de nuevo empieza a chupar.

No aguantaré mucho, lleva diez minutos pasando su lengua, mordiendo, succionando. Se le vuelve a salir.

—No tienes que responder de tus actos.

Vuelve a chupar. Le agarro la cabeza y saco la polla de sus tetas. Empiezo a mover mi pelvis como si me la estuviera follando. Ella cierra un ojo, imagino que por lo bruto que voy, sin embargo no deja de mover la lengua mientras se toca los pechos y el coño.

Esa imagen, junto a su lengua y lo duro que la estoy penetrando hace que no pueda más, Me corro, fuertemente, en su boca. Tose mientras sigo penetrándola, pero noto como sigue lamiendo y traga. Empieza a salirse semen por las comisuras de la boca, pero sigo sacando por mi polla y moviéndola en su interior. Acabo, estoy agotado, pero ella coge mi polla con la mano y empieza a lamerla como si fuera un helado.

—Todo es para mí, se siente.

Sigue lamiendo, me estremece, gimo y veo como le gusta tener el control.

—Eres un chico malo.

Me muerde, repetidas veces. Empieza a jugar con ella, ahora que está algo flácida.

—Parece que ya estamos…

—No. No voy a parar hasta que me dejes igual de empapada que la lluvia…

miércoles, 21 de octubre de 2015

En vreves nuevo relato: Correr y correrse

Hacer ejercicio, estar cansado, sudado, encontrar aquello que te haga tener nuevas energías, palparlo, hacer que lo palpen, hacer otro tipo de ejercicio...

martes, 20 de octubre de 2015

Problemillas (ya resueltos)

Hemos estados unos días inactivos. Pedimos disculpas, tuvimos errores técnicos que nos impidieron actualizar el blog.

¿Lo bueno?

Nos ha dado más tiempo para preparar algunas cosillas. Una de ellas grande, bastante grande, que con suerte podrá verse entre esta semana y la siguiente

viernes, 16 de octubre de 2015

Entre lineas.


Una persona amante de la lectura picante, una biblioteca apunto de cerrar, unas estanterías que oculta cualquier gemido... Espero que os guste, pero no humedezcáis mucho los libros ;)
 
Entre líneas.

Siete y media de la tarde. En treinta minutos cierro. La última hora en la biblioteca es mortal, sobre todo ahora que ha acabado el verano y se hace noche enseguida. Aun así, últimamente, viene una señora de cuarenta y tantos que viene a última hora y a veces tengo que quedarme unos minutos de más. Espero que hoy no. Tengo ganas de llegar a casa para desfogarme.

Últimamente se ha puesto de moda los libros que llaman eróticos, aunque en realidad es porno en el más puro sentido de la palabra.

Ocho menos cuarto, alguien entra. La mujer de cuarenta y tantos. Ojeará, leerá y se marchará.

—Buenas tardes — Espero que no se me note la sonrisa falsa.

—Hola, hola. Buenas tardes.

Siempre saluda exaltada, nerviosa. Camiseta de cuello ancho, que le baila en la cintura porque le va justa a causa de sus pechos. Pantalones vaqueros, de pitillo, ajustados, marcando su tanga y con unos botines que le hacen medir unos centímetros más que yo. Pelo negro recogido con una cola y maquillaje para hacerla más morena, destacando sus ojos negros azabache tras unas gafas finas. Pestañas largas, colorete y unos labios rojos fantasía. Típica madura con ganas de lucir cuerpo para sentirse observada. No va falta de carnes, pero las tiene bien puestas.

—No tardare.

Me mira, me sonríe y hace un gesto con la mano, como disculpándose. La miro como sube las escaleras. Pensándolo bien no me importaría poder desfogarme con ella, que pena que tenga una sortija de matrimonio.

Pasan unos minutos, son casi las ocho, y escucho como baja.

—Disculpe, he buscado y buscado y hay unos libros que no encuentro.

—Dime cuales son y le confirmaré si los tenemos.

—Es que… son de la parte para adultos.

Me sorprende. No porque mire los libros sino porque parece que le de corte decirlo.

—¿Y bien?

—¿Se lo digo aquí, sin más?

—¿Dónde sino? No hay nadie.

—Pero podrían venir. ¿Le parece si le enseño donde deberían de estar?

Asiento con la cabeza. Es lo más entretenido que me ha pasado hoy y no voy a desaprovecharlo. Además, tiene su punto la mujer y su voz se ha vuelto melosa, dulce, aunque sigue exaltada.

Subimos y vamos hasta la zona para adultos, la que está al fondo a la derecha, en una esquina. Me señala la zona. Me sorprendo. Es el compañero de la mañana quien coloca todos los libros. Yo solo anoto y vengo poco por aquí, pero es increíble la cantidad de libros que faltan.

—Bueno, parece que la mayoría no están. ¿Cuál es el que busca?

—“Mi objetivo eres tú”

Me aparto y la miro de arriba abajo.

—Señora, está casada. Lo siento per…

Se altera.

—No, no, “osea”, quiero decir que mi objetivo eres tú.

—Pero, ¿Por qué?

Se sonroja, imagino que yo también lo esto. Frota el anillo y, sin darme cuenta, ya no lo lleva.

—Verá, siempre vengo a leer unos minutos antes de volver a casa.

—¿Y por qué hoy no?

—Porque no está el libro y querría tener la misma sensación.

—No puedo hacerle nada. Si me dice el nombre del libro quizá podría ver si está en el buzón.

Se acerca, dando taconazos. Pega sus labios a mi oreja y una de sus manos la pone sobre mi pecho.

—Mi objetivo eres tú.

Con la otra mano agarra mi miembro, totalmente duro.

Doy dos pasos atrás y choco contra la estantería. Ella sigue con la mano sobre mi pantalón y con la otra me agarra el hombro mientras sus labios se posan sobre mi oreja. Escucho como abre su boca, como su saliva se separa y como mueve la lengua. Sus dientes se aferran al cartílago de mi oreja y su lengua la rodea. Me estremezo y pongo mi mano sobre su cintura. Mientras su boca baja de mi oreja a mi cuello mi mano hace lo propio de su cintura a su culo, metiendo la mano por el pantalón, notando esas nalgas maduras, blandas de tanto manosearse pero bien puestas por tanto andar.

—¿No vendrá nadie? — Me pregunta, mirándome lascivamente.

—No, pero he dejado abierto.

—Pues ves a cerrar, pero no me dejes sola aquí dentro.

Se aparta y se aleja unos pasos de mí, se apoya en la estantería contraria y se abre de piernas. Se mete una mano por dentro del pantalón y se chupa los dedos de la otra mientras me mira.

Es otra mujer, no es como la tímida que viene siempre. Que saluda, esta unos quince o treinta minutos, y se va con la misma rapidez.

Bajo rápidamente. En la calle está oscuro y no se ve a nadie, así que cierro.

Vuelvo a subir. Oigo sus gemidos y cuando llego al pasillo donde está la veo entre las estantería a cuatro patas, sin camiseta, mirándome mientras jadea, con una de sus manos metiéndose los dedos muy bruscamente.

Me desabrocho rápidamente el pantalón y me saco la poya. Voy hacía ella y le golpe en la cara con mi miembro. Enseguida saca la mano de su coño y me la coge, con sus dedos viscosos. Noto todo sus jugos lubricándome mi polla mientras me pajea. Pasa un minuto, empieza a lamérmela. El maquillaje ya se le ha corrido un poco por el calor, pero sigue siendo muy morboso ver a esta casada, cuarentona, comiéndomela como ninguna joven me la ha comido.

Me la agarra con la mano y me lame el lado contrario, de abajo arriba. Besa primero los huevos, mordisquea el inicio del falo y luego saca la lengua para pasarla, enterita, hasta el capullo, donde vuelve a bajar con la lengua pero acompañando con los labios, rodeándome la poya e introduciéndosela en la boca, pero sin cerrar los labios. Cuando la mitad está en el interior vuelve a subir su boca, pasando la lengua otra vez, haciendo que choque con el capullo, para empezar por otro lado. Su mirada tras los vidrios de las gafas hace que no deje de morderme los labios. Ella no deja de mirarme. Repite el proceso varias veces.

Cuando vuelve a meterse mi pene en la boca le agarro la cabeza. Abre los ojos de par en par y veo como me guiña un ojo. Empujo un poco la cabeza pero enseguida empieza ella misma a acelerar el ritmo. Me la chupa de arriba abajo a la vez que mueve su mano por toda mi poya, llegando casi hasta metérsela entera. Le agarro de los pelos, fuerte, gime, gimo. Sigue chupando y tras unos minutos se para en el capullo. Pasan tres minutos, para.

Se levanta, se quita los botines. Se desabrocha el sujetador mientras me ve como me toco delante de ella, contemplándola. Me guiña el ojo y me lanza un beso. Luego me mira el pene y se repasa los labios con la lengua, labios que apenas le queda color. Sus pechos quedan al descubierto. Grandes, maduros, algo caídos pero parecen esponjosos y, sin embargo, sus pezones parecen estar durísimos.

—¿Te gustan? — Me muerdo el labio, me encantan. Los quiero probar. —Anda, ven —Me hace señas con la mano —Y cátalos — Me acerco y me agarra del pene con una mano y yo lo suelto. Me tira de él. Nuestras frentes chocan. Ahora sin los botines veo que es un poco más bajita que yo. Nos besamos. No aparta la mano de mi pene. Empieza a moverlo mientras nuestras lenguas pelean. Mis dos manos se van a sus pechos. Comienzo a jugar con ellos. Tras unos segundos aparta su boca de la mía y, cogiéndome la cabeza, me hunde la cara en sus senos. Inmediatamente agarra una mano y me la pone en su trasero para luego guiarme la otra hasta su coño. No lleva bragas.

Mi lengua se pierde en sus senos, buscando sus pezones, mientras mis dientes no para de arañar esa superficie esponjosa y mullida. Mis manos, sin embargo, palpan tanto su culo como su coño, estando empapado este último.

Pone su mano sobre mi cabeza y acaricia mi cabello mientras no deja de pajearme con la otra.

—¿Te gustan?

No contesto, he llegado a su pezón y hay cosas que hacer mejores que hablar. Lo succiono, lo muerdo y agarro con los dientes y empiezo a golpearlo con la lengua. Gime. Mis dedos empiezan a rozar rápidamente el clítoris y, por detrás, empiezo a rodear el agujero del ano entre sus grandes nalgas, también humedecidos y salpicado por su coño.

Gime, empieza a gemir más cuando mis dedos rozan tanto sus dos orificios inferiores. Meto los dedos, en los dos a la vez. Me agarra fuerte el pelo y aprieta entre sus pechos mientras gime aún más fuerte, hasta grita.

—Sí, sí, sí, sigue.

Acelero la penetración en ambos lados y ella acelera mi paja. Mordisqueo sus pezones para evitar gemir, pero me es imposible. Lo hace muy bien, con la boca, con las manos, lo hace divinamente.

Pasan unos minutos y se aparta de mí.

—Hace calor, deberías desvestirte — Me quita la camiseta, empezando desde abajo y pasando la lengua a medida que me la sube. —Eres muy sabroso — Posa sus manos en mi torso y empieza a chuparme los pezones. Me gusta, extrañamente me gusta. Sus manos van bajando hasta llegar a mi pene, con ambas, y empieza a moverlo a la vez que muerde el pezón. Gimo. —Chico malo, no tienes que hacer ruido en la biblioteca.

Se aparta, suelta mi pene y empieza a bajarse el pantalón. Le cuesta, se pone de espaldas a mí y puedo ver sus adultas nalgas, pidiendo que las palpe. Logra quitarse el pantalón, agachándose y dejando su culo al descubierto. Me acerco por detrás y cuando se irgue sus nalgas absorben mi pene y mis brazos la rodean. Uno va a sus pechos y el otro a su coño. Mi boca a su cuello. Empiezan las maniobras. Le beso y paso la lengua por su yugular mientras le amaso los senos y juego con su coño. Ella se abre un poco de piernas y mi poya pasa entre ellas, rozándole sus labios inferiores. Empieza a jugar con el capullo, acariciándomelo con sus dedos humedecidos previamente con su lengua lasciva. Empiezo a pellizcar su clítoris a la vez que los pezones y ella hace lo propio con el capullo de mi pene. Gemimos los dos. Tira hacía atrás la cabeza, a la vez que la gira, para que nos podamos comer la boca mientras seguimos sudando y gimiendo. Pasa un rato, mis gemidos se vuelven más seguidos y descontrolados. No me queda mucho.

—Chico malo no me dejarás sin jugo, ¿Verdad? —Se libra de mis brazos y se aparta. Me lleva hasta una de las estanterías y me acorrala. Se pone de rodillas y empieza a jugar con mi pene entre sus pechos. —Te gusta, cochino —Golpea mi capullo contra sus pezones mientras no deja de tocarse el coño y pajearme. Gimo, gimo mucho. Me corro. Me pajea más rápido, me estremezco, no dejo de gemir y de soltar semen. En sus pechos, en su cara, en su lengua que saca entera para conseguir más, en sus gafas…

—Vaya hombretón, me has dejado chorreando y no me refiero a mis jugos.

Se chupa los dedos, también manchados de semen y empieza a lamerme otra vez el pene, más dulcemente porque ahora está sensible, para acabar de chupar todo el semen que le queda mientras me mira con sus gafas manchadas, tanto que el ojo derecho no se le ve.

Cuando deja de chupar se ve como mi pene está flácido, aún hinchado pero flácido. Se va hacía sus pantalones y busca entre los bolsillos. Saca una pastilla y se la pone en la boca, me besa, me pasa la pastilla y empieza a pajearme, suavemente, mientras me la trago.

—Tardará unos minutos en los que jugaremos un rato.

—¿Qué es?

—Viagra, siempre la llevo encima.

Abro los ojos de par en par, pero no digo nada. La verdad es que quiero penetrarla. Seguramente la usa con su marido.

Empieza a chupármela de nuevo, esta vez haciéndome una cubana. Gozo en placer, más que antes teniendo en cuenta lo sensible que está.

—Ponte a cuatro patas.

Me sonríe y para de chupármela. Me hace caso. Me arrodillo detrás de ella y empiezo a acariciar sus nalgas. Las abro, las cierro, y las amaso como si fuera pan.

—Niño travieso.

Pillo la indirecta. Abro sus nalgas y dejo libre su coño, pero me fijo en su ano y empiezo a lamerlo. Gime. Mis dedos se separan de las nalgas y buscan su coño, húmedo, mientras mi lengua lubrica su ano. Le rozo el clítoris, después meto los dedos, acelero y, sin avisar, cambio mi boca a su coño, metiéndole la lengua hasta el fondo, mientras mi mano derecha se va a su orto a meter el dedo corazón al completo y mi otra mano le pellizca duramente el clítoris.

Gime, entre gemidos escucho como las gafas caen al suelo, lejos. Las habrá tirado o se habrán caído, da igual. Pasan tres minutos. Se levanta bruscamente.

—Quiero tu boca y después tú poya.

Me tira al suelo y empieza a besarme, estando a cuatro patas sobre mí, mientras me acaricia el pene. Mientras baja su lengua va girando su cuerpo hasta que hacemos la postura del sesenta y nueve. Me lame de arriba abajo y yo le mordisqueo el clítoris mientras mis dedos juegos con sus dos agujeros, haciendo amagos de penetración. Tras varios minutos noto como se me endurece, momento en que la penetro con los dedos y empiezo a chuparle el clítoris de arriba abajo duramente. Ella hace lo propio con mi polla, usando sus manos para pajearla y acariciarme los huevos y su boca para llegar a tragársela entera. Cada vez voy más rápido en los tres puntos y, con mi polla en su boca, se corre. Empieza a gemir mientras no deja de morder y lamer, a la vez que me salpica la cara. No paro, sigo, aún más rápido. Logra sacarse la poya de la boca y yo me voy arrastrando entre sus piernas, sin parar de meterle los dedos, para que no pueda reaccionar.

Acabo detrás suyo, de pie, con ella a cuatro patas y la entero. Le agarro de la cola y empiezo a penetrarla duramente mientras le abofeteo las nalgas. Ella gime, no dice nada, solo gime. No sé si el orgasmo aún le dura o está viendo las estrellas, pero yo solo acelero.

Empiezo a gemir muy descontroladamente, creo que me correré en breves.

—Dentro del coño no, por favor.

Apenas la logro entender entre gemidos, pero lo que tengo claro es que solo me ha restringido el coño. Saco el pene y le abro las nalgas. Me mira y veo como se muerde el labio.

Coloco el capullo en el ano, empujo lentamente, hasta que entra. Es un poco estrecho, pero se nota que lo ha utilizado más veces. Grita y luego gime cuando empiezo a penetrarla velozmente. Una de sus manos se va a su coño mientras una de las mías a su pecho y la otra le agarra la nalga como si fuera mi tesoro. No tardo ni dos minutos en llenar su culo de mi semen, aunque es ella quien gime más de los dos.

Saco mi pene y se levanta. Estoy agotado, igual que ella. Se viste rápidamente, se arregla el pelo y se pone la coleta.

—Muchas gracias por el servicio, vendré más a menudo a por mis libros aquí.

—Si vienes cada noche, cachonda.

—Pero está vez me he quedado más —Me guiña el ojo. —Si la próxima vez tienen el libro “mi objetivo eres tú” quizá me quedé aún más.

Me rio, no sabía que cuando le pregunte y me dijo eso se refería al titulo del libro. Se va, pero ya vera cuando le diga el peaje que tiene que darme para que le habrá la puerta.

jueves, 15 de octubre de 2015

En breves nuevo relato: Pausas al leer

Una biblioteca apunto de cerrar, la mayoría de lectura erótica se la han llevado y la que queda ya la conocéis... ¿Solución? Vivir una de esas historias que tanto leéis ahí mismo...

En breves nuevo relato, que tengáis un húmedo día ;)

miércoles, 14 de octubre de 2015

El mismo sexo de varias formas diferentes.

La cama... el sofá... una ducha (o bañera), el mueble de la cocina o en una hamaca en la terraza...

Todo tiene su qué, pero en una casa puedes practicar el mismo sexo de miles de formas distintas.

¿Dónde os gusta más? ¿Algún sitio os pierde de forma irremediable?

domingo, 11 de octubre de 2015

A través de las mascaras.

Una fiesta de mascaras, gente de todo tipo, una belleza sin igual tras un cuarto de luna. Una habitación de lujo a solas, agua cayendo, cristales rompiéndose... espero que os guste este relato ;)


A través de las máscaras.

Camisa puesto, chaleco también. Corbata, pantalones y zapatos. Flor en bolsillo de chaleco, colonia. Peinado y último e indispensable detalle: La máscara. Me he comprado una nueva para la ocasión. No todos los días reservan un hotel de lujo entero para una fiesta “veneciana”. Una máscara plateada, con acabados en dorado al igual que sus bordes. Tapa la frente, el flequillo cae sobre ella. Deja ver mis ojos, pero poco más que maquillo con un toque de rojo pasión. Todo el tabique nasal tapado, así como los pómulos.

Sonrío, queda genial. Cojo mi sombrero de copa y mis guantes blancos, sedosos. Abro la puerta y marcho, invitación en mano, hasta la puerta de mi portal, donde me espera un taxi.

El taxista ni pestañea. No quiero ni imaginar que ha tenido que llevar para no sorprenderse ni pedir que me quite la máscara.

—¿A dónde señor?

Le digo el hotel. Me mira fijamente y arranca.

—Hasta ahora es el mejor de los que he llevado allí esta noche.

—Es todo un cumplido, caballero.

No me vuelve a dirigir la palabra. Me deja en la entrada del hotel.

Le pago.

—Que tenga una buena noche, no nos veremos.

No sé por dónde coger esa despedida, así que me limito a decirle adiós. Voy hacía la puerta. En ella hay dos hombres que podrían aplastar todos los huesos de mi cuerpo sin problema alguno. Llevan mascara, de chacal, haciéndolos más terroríficos aún.

Voy con la invitación por delante, para ahorrarme siquiera que me la pidan. La cogen, la miran, se miran, me abren la puerta. No medían palabra, mejor.

Una alfombra roja me lleva hasta la secretaría, donde hay dos bellas damas, con poca ropa y con máscara con plumas. Llevan una etiqueta en el corsé que especifica: “personal, no tocar”.

—Hola.

—Sr. Perverso, bienvenido. Déjenos que le indiquemos las distintas festividades que se celebran.

Me enseñan un mapa del hotel con sus múltiples salas. Hay una de montura a caballo donde, obviamente, no hay caballos sino personas que cabalgan a otras. La sala de orgia, clara y concisa. La de baile, la del bar la de teatro con obras muy especiales. La sala VIP, donde solo pueden entrar los que tengan invitación especial y sus acompañantes. Además, tenemos acceso a todas las habitaciones. Todas tienen su tarjeta en la ranura, tan solo tenemos que cogerla y entrar.

—Muchas gracias por la información, “my leadys”.

—De nada — Con el dedo índice se rizan el cabello mientras me sonríen. Qué pena que no se puedan tocar.

Decido ir a la sala de baile, me encanta bailar. Voy por el pasillo y me cruzo con la puerta que da a la sala de orgias, se escuchan los múltiples y fuertes orgasmos así como todo un variado de sonidos lascivos.

Llego a un portón doble. Lo abro, ambas puertas, desde el centro. Entro como si fuera el anfitrión. Cabeza alzada, mirada recta y paso seguro. Tras de mi hay dos porteros, en ropa interior y con máscaras, que cierran las puertas. Es una gran sala. Pista de baile céntrica, sofás a su alrededor, todos mirando a ella, y una pequeña barra llena de copas de champagne en los laterales, con dos mozas que, imagino, sustituirán las copas que se llevan por otras.

Hay varias parejas bailando y con las tres combinaciones posibles; chico-chico, chico-chica, chica-chica.

La mayoría de hombres va de smoking. Hay alguno que ya está algo desmadrado, con la corbata floja y la camisa medio abierta. Otros van más informales; camisa de vestir normal, unos pantalones tejanos y unas bambas elegantes, aunque también los hay con traje de sadomasoquista, en calzoncillos y americana u otras extrañas combinaciones. En las damas sin embargo hay más variedad; desde la que va con dos tiritas en los pezones y un tanga hasta la que lleva un traje de novia, pasando por vestidos de tubo, largos con cola, de campana, colegiala o profesora, entre muchos otros.

—Si ha venido solo debería de bailar, caballero.

Me asusto. Me relajo inmediatamente. Normalmente los trabajadores no dicen nada más allá de los guías o camareros y, aún en su caso, tan solo lo necesario.

—Eso haré, gracias por la preocupación “sir”.

Voy decidido a la zona de baile y me marco unos movimientos sensuales, pero rápidos. Tres pasos adelante, uno atrás, media vuelta mientras me inclino a la vez que mi mano derecha dibuja una media luna hacía abajo y la izquierda marca las tres en un reloj imaginario. Me recoloco, me ajusto al corbata, y doy una vuelta sobre mí mismo para empezar a dar pasos hacia atrás a la vez que chasqueo los dedos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco pasos y a dar vueltas mientras voy bajando hasta acabar con una rodilla en el suelo y los brazos abiertos en un ángulo de cuarenta y cinco grados, con mi cara mirando fijamente a una dama que está sentada en uno de los sofás.

Me había fijado en ella cuando observaba la sala y había calculado los pasos para acabar así. Me ha quedado mejor de lo que esperaba, pero ella tan solo me mira fijamente. Le sonrió y agacha la cabeza, pero no la mirada. Su mascará de cuarto de luna dorada con acabados plateados, tapándole los dos ojos y parte de la nariz, pero no la frente, no titubea. Está en perfecta posición para que sus ojos vean a través de ella, me vean a mí.

Me levanto y le hago una reverencia con la mano derecha en el pecho izquierdo y la mano izquierda marcando, de nuevo, las tres. Se levanta. Lleva un vestido dorado, que le deja libre los hombros, por donde cae su castaña y lisa cabellera. Se junta por unos encajes a unas mangas completas, guantes incluidos, de color plata. El vestido dibuja perfectamente su silueta, dejando libre un círculo que va desde el final de su cuello hasta la parte superior de sus pechos. Su largura le llega a los pies, cerrado, con cola, haciendo que sea difícil andar si no va a paso corto. Puedo ver la punta de sus zapatos de color plateado que, por el sonido que han hecho al levantarse, llevan tacón.

Se acerca a mí lentamente. Le tiendo la mano. Me la agarra.

—¿Me concederá este baile, preciosa dama?

—¿Dónde se ha quedado el “mi” de “mi preciosa dama”?

—Usted es tan solo suya y yo no soy más que un humilde, aunque perverso, caballero que quiere aprovecharse de su incógnita presencia para cortejarla.

Sonríe, sin mostrar los dientes, y en su frente puedo ver como fruñe el ceño.

—Es usted tremendamente sincero.

—¿Quién no lo es con una mascará?

—Muchos, demasiados. Algunos se vuelven hasta más embusteros.

—No es mi caso. Yo tan solo pretendo pasar una noche que poder recordar sin poner nombres a sus protagonistas.

Vuelve a sonreír. Esta vez abre la boca y puedo ver su lengua, delgada y picuda.

—Pues bailemos — Se lleva su mano derecha a su precioso y circular escote. Mete dos de sus dedos, saca pecho y mueve un poco los hombros para finalmente descubrir que lleva un pequeño abrecartas entre sus senos. Me quedo observando, con los ojos levemente cerrados a causa de lo sospechoso que es aquel acto. Rápidamente se vuelven sorpresa cuando saca la hoja, bastante afilada, del abrecartas y corta el lateral del vestido, casi hasta su muslo, para tener la pierna libre. Veo los tacones, son plateados como me pareció. —¿Y bien, me saca a bailar o va a seguir mirando mi belleza?

Efectivamente o podía dejar de ver esa magnífica pierna, sin media alguna, perdiéndose en el vestido justo en el inicio del paraíso de cualquier hombre.

—Disculpe que me asombre con su bello porte, pero es el de toda una princesa.

Vuelvo a tenderle la mano y me la vuelve a agarrar. Nos dirigimos al centro de la pista y empezamos a bailar. Primero con las manos agarradas, tras unos cuantos pasos con una de ellas en la cintura de cada uno y pronto empiezo a darle giros para acabar con ella doblándose en mis brazos. En uno de los giros aprovecho y cojo con la mano que me queda libre la rosa roja de mi chaleco, para ponérmela en la boca. Cuando deja de girar le agarro al espalda y dejo que se repose en mi brazo mientras yo me agacho a la vez que ella, encima suyo, para quedar cabeza con cabeza.

Nos miramos fijamente. Sonrió. Eleva por sorpresa la cabeza y me besa, agarrando la rosa ella. Ahora sonríe, más orgullosa de lo que yo lo había hecho. Iba a ponérsela en la boca, pero sus labios y lengua fueron más rápidas. Nos quedamos mirando otra vez, sabe que ha ganado este pequeño duelo. Nos levantamos, nos aplauden.

—Le apetece al... ¿Perverso caballero?

—Exacto.

—¿Le apetece una copa de champagne?

—Solo si la dama se toma una también.

—Por supuesto, no voy a dejar que todo el alcohol lo desaproveche un hombre.

Es graciosa, segura. Es lo que tienen las máscaras, dan seguridad. Aunque a algunos les asusta no saber quién hay detrás de la que tienes enfrente, pero entonces esto no es para ellos.

Vamos a la barra y cogemos una copa cada uno. Después nos vamos al sofá.

Hablamos de cuanto solemos frecuentar este tipo de fiesta: ella ha asistido a más que yo, pues ya ha estado en algunas lujosas como esta. Nos reímos contando anécdotas y nos asombramos de las decepciones de cada uno.

—¿Sabías que tenemos las habitaciones del hotel a nuestra disposición? — Su tono pícaro hace que suene a una invitación y no pienso desaprovechar esta situación.

—No, no lo sabía.

—Pues ahora que lo dices no podrás irte sin ver alguna.

—¿Y usted querría mostrármela?

—Quizá después de otra copa de champagne.

Bebemos no otra, sino tres más cada uno. Después salimos de la pista de baile y vamos al bar. Pedimos dos gin tonic cada uno y, con ellos en mano, nos vamos hacía la salida de esta sala, donde nos intercepta un hombre, canoso, que viste prácticamente como yo. Él aún tiene la rosa en el chaleco, aunque éste tiene un estampado curioso con toques azules.

—Esta también es la mejor de las que he traído esta noche aquí — Susurra en mi oreja cuando pasa por mi lado. Me giro pero el hombre sigue su camino, cogido por unas muchachas jovenzuelas en cada brazo.

—¿Qué te ha dicho?

—Que tengo que enseñarle el truco para cazar tan bella damisela.

—Idiota.

Vamos hacía las escaleras y llegamos a la primera planta. Pasamos por toda ella, escuchando orgasmos, gritos, latigazos, camas empotrándose y cristales rompiéndose. Peticiones a pleno grito de todo tipo y muchas otras inimaginables cosas. Ninguna esta libre.

—Habrá que mirar en la segunda planta.

Me coge la mano ya celera el paso. Me lleva al ascensor. Toca el segundo piso y se gira. Da unos pasos hacía mi mientras las puertas se cierran. Pone un brazo en la pared y su boca en mi cuello.

—Hueles bien — Me muerde. Suelto un suspiro placentero. Vuelve a morderme con un mordisco que acaba en tres besos que suben por mi cuello hasta llegar detrás de la oreja. —Sabes mejor —Su susurro me estremece pero el parón del ascensor me hacer volver en mí.

Nos queda la mitad del “gin tonic”. Salimos a la segunda planta. Se escucha menos ruido, debe de haber habitaciones libre. Efectivamente, habitación 207 libre.

Sacamos la tarjeta de la ranura y entramos. Volvemos a meterla para activar la corriente de la habitación.

Es de una persona, con cama de matrimonio y un baño con yacusi. También tiene balcón con una mesa fuera.

—Normalmente, si reservas, puedes encontrarte todo lo que pidas, a un módico precio claro.

—Sabes mucho de estas fiestas.

—He ayudado a organizar alguna — Me sorprendo. Cuestan un dineral y a muchos de los invitados, como a mí, no nos piden nada. Corre el rumor que el organizador consigue dinero trayendo a súper estrellas o personas concretas a la fiesta, aunque siempre bajo la incógnita de la máscara, con lo que nunca se sabe a ciencia cierta si realmente han venido. —¿Por qué te callas de golpe? ¿Te cohíbe que pueda ser un pez gordo?

—Puedes no serlo y puede que yo sea quien lo haya organizado — Veo como abre los ojos de par en par, se ha sorprendido. —Tranquila, no soy yo. De hecho yo solo he venido a fiestas de estas como invitado.

—Eres todo un perverso, mala persona — Me agarra de la corbata, me la saca por fuera del chaleco y me lleva hasta el baño. — ¿Ves que lujo? con yacusi incluido.

Era grande y tenía puertas de vidrio por si apetece activar la ducha y no manchar.

—Es amplio — Entro. —Se puede hasta bailar — Le tiendo la mano, me la coge. Damos dos pasos dobles y una vuelta. Cierro la puerta corredera de cristal. —Y seguro que muchas otras cosas.

Sonrió, me la acerco desde la cintura y pongo sus labios muy cerca de los míos.

—¿Cómo qué?

Se enciende la ducha, ha sido ella.

—Averigüémoslo.

Le beso. Nuestras mascaras chocan. No pasa nada, están bien sujetas. Su vestido empieza a transparentarse y las gotas rebotan entre sus senos. Me quito el chaleco y lo tiro fuera, vale demasiado como para que se destroce. Ella no sé, pero yo de rico tengo la fachada nada más.

—Bonita camisa — Me agarra la corbata y se la enrolla en la mano. Me tira de ella, bajando mi cabeza, poniéndomela en sus pechos. —Aunque seguro que mi vestido te gusta más — Bebo agua de sus senos, sorbo. Paso la lengua y lamo toda la superficie que puedo. —¿Tienes sed?

Me saca la cabeza de sus pechos. Abre la  boca y deja que se llene de agua. Abro la mía y me la pasa. Empezamos a besarnos. Las lenguas chocan entre ellas como las máscaras, pero vez de repelerse lo que hacen es entrelazarse. Mi mano pasa de la cintura a sus nalgas, donde tiene el vestido completamente pegado, comprobando que lleva tanga. Sus manos sin embargo se pierden por mi torso, totalmente visibles por culpa del agua. Seguimos besándonos mientras nos mojamos. El agua empieza a calentarse, nosotros también.

Se quita sus guantes. Tiene las uñas largas, de gel, de un color dorado con brillantes plateados. Yo me quito los míos, que casi se han unido a mis manos. —Bonitas manos.

—Si esto te parece bonito espérate a verme desnuda.

La vuelvo a besar, la pego más a mí. Mi mano busca el destrozo que le hizo al vestido y se filtra para tocarle la nalga. Me muerde el labio, separa su boca de la mía y se pasa la lengua por sus labios. Tiene sangre, me ha mordido fuerte. La aprieto fuerte, para que lo sienta, como venganza. Mi edo corazón llega a rozar sus labios inferiores a través de sus bragas.

—Es usted muy traviesa miss…

—Justo en el clavo. Soy miss traviesa damisela y tú eres un chico malo.

Me quita la camisa mientras sigo palpando sus nalgas con una mano y con el otro empiezo a tocarle los senos, pues el vestido ya lo tiene totalmente pegado y es como si no lo llevara. No me la desabrocha. Pone la mano entre botón y botón y, cogiendo los bordes, estira de ambos hasta que todos los botones saltan. Adiós camisa, pero ella se destroza el vestido también, completamente, tirándolo fuera de la ducha.

—Ahora podrás tocar bien — Se quita el sujetador. —Y podré sentirte bien.

—¿Qué quieres sentir exactamente?

—Todo.

Me desabrocha el pantalón y me lo quita, me baja los calzoncillos y empieza a lamer a la vez que el agua no deja de correr por los bordes de mi pene. A través de la luna me observa con una dulce mirada, aunque más dulce es su mamada delicada. Palpa con los labios cada rincón de mí viril miembro mientras con lo envuelve con su lengua, dando golpes suaves a la vez que lo agita con su mano derecha y, con la izquierda, acaricia sus pechos. Su mirada poco a poco se vuele lasciva, a la vez que mi pene crece dentro de su boca y mis gemidos se oponen al sonido del agua. Yo la miro fijamente, desde arriba, como su cabello empapado acaricia su cuello y sus senos, así como su espalda, y su mirada se pierde en la mía.

—¿Te gusta?

—Me encanta, traviesa damisela — Le agarro la barbilla, abre la boca y esta vez soy yo quien le inserto dentro el pene. Empiezo a mover la cadera mientras le sujeto la cabeza y ella queda con sus manos libres, las cuales utiliza para zarandearse los pechos y apretarse y acariciarse sus labios inferiores. —¿Te gusta a ti?

Intenta decir que sí, pero entre lo rápido que le doy, los mordiscos que empieza a darme y los lametazos que suelta no se entiende nada. Paro tras varios minutos, saco de su boca mi caramelo y la levanto.

—¿No quieres más?

—Por supuesto, me tiraría la noche así. Pero como caballero que soy tengo la necesidad de darle el mismo, o más, placer que usted me da a mí.

—Ya veo… interesante.

Se quita el tanga y se abre de piernas, sabe que voy a hacer. Me agacho y me pongo de rodillas, con mis manos en su ingle abriendo sus labios y mi cara mirándola, mucho más lasciva de lo que ella lo ha hecho. Mis ojos la miran fijamente a través de sus pechos mientras que mi lengua sale de mi boca abierta, done cae agua a través de su cuerpo. Ella me mira, con las manos apoyadas en el cristal y con un pequeño tiemble de piernas. Mi lengua se acerca a sus coño y cuando estoy tan cerca que ya se estremece por sentirme la muevo levemente, paseándola desde el agujero de su coño hasta el clítoris, con solo la punta, rápida y suavemente.

Gime, levemente pero gime.

Repito el proceso varias veces para luego centrarme en su clítoris. Se estremece y cierra sus piernas, chocando sus rodillas con mi cabeza. Como castigo empiezo a lamerle rápidamente. Le mordisqueo el clítoris y lo golpeo con la lengua. Después bajo la lengua hasta el agujero y lo rodeo varias veces. La meto y saco después un par de veces y cuando me agarra el cabello, muy fuerte, saco la lengua y empiezo a lamer de arriba abajo el clítoris, cada vez más rápido, mientras una de mis manos rodea su pierna, para sujetarla, y la otra empieza a meterle el dedo corazón. Aumento la velocidad tanto de la lengua como del dedo, además de insertar también el dedo índice. Gime, cada vez más.

—Dios, sí, sí, me vengo, me vengo.

Efectivamente. Se corre, además se mea. Sigo lamiendo igualmente. Se estremece tanto que sus rodillas me hacen daño en la cabeza y acaba resbalándose sobre mi cara, pero se levanta rápido. Imagino que se ha hecho daño con la máscara.

—Lo siento…

Esta colorada, aunque no sé si por haberse corrido o mearse.

—Estamos en la ducha, todos lo hacemos — Le agarro de las piernas y la alzo. Instintivamente me coge del cuello y se asusta. —Espero que te haya gustado.

—¿Qué vas a hacer?

—Compensar que te hayas meado.

Le beso y, con un poco de puntería, le penetro. Empiezo lentamente, pero ella gime como si le diera duro. Le he dejado el coño sensible. Me vuelve a morder, vuelve a hacerme sangre, así que bajo mi boca hasta su cuello y finalmente, mientras acelero, empiezo a comerle los pechos. Sus gemidos me ponen cada vez más, así que cada vez doy más fuerte, golpeándola contra los cristales.

—Dame todo lo duro que quieras — Me abraza la cabeza, hundiéndomela en sus pechos. —Quiero que te corras completamente en mi interior, para compensar.

Acelero, le doy duro. El cristal no deja de vibrar. No puedo aguantar mucho, ella gime, yo gimo. Le muerdo uno de sus senos para tenerlo en la boca mientras le doy fuerte y me corro, ahogando el gemido en su pecho mientras se lo retuerzo con los dientes y ella se retuerce en placer. No paró de expulsar semen y mis piernas empiezan a flojear. Acabo resbalándome y rompemos el cristal, caemos fuera, pero sigo hasta que me quedo sin fuerza, igual que ella no deja de gemir hasta que paro.

—¿Estás bien? Me levanto, me quedo mudo al ver lo que hay en el suelo: mi masara, detrás de ella.

—Sí, ¿Tú?

Me giro rápidamente, ella lo entiende. Las reglas son claras: no podemos decir quiénes somos ni enseñar nuestro rostro, ni en la intimidad. Hay cámaras en todos los rincones cada vez que se celebra una fiesta. Es algo que todos saben y respetan, pues se firma cuando decides entrar en este clan.

—¿Podrías…?

—Claro cielo.

Me coloca ella misma la mascara. Me giro, le beso y me levanto. Ella me besa mi miembro, me lo acaba de limpiar y se levanta. Tenemos pequeos cortes, pero nada serio. La cojo de nuevo por sopresa, como si fuera una princesa, y la llevo hasta la cama. Con el pie estiro un poco la colcha y luego la logro quitar de una patada, la dejo suavemente, y después la tapo.

—Enseguida mandare a alguie con un botiquín.

—¿Y tú?

—Yo me marchare ya, no querrás que te vean con alguien como yo.

—Haces que me corra, te corres dentro de mi y te marchas dejándome atrás. Eres el mejor mascarero de todos, que pena no saber más de ti.

—Sabes que volveré a la próxima fiesta.

Le guiño el ojo, le lanzo un beso y me marcho al baño, dejándole atrás con una sonrisa. Me visto y salgo de la habitación.

—Buen polvo, aunque no tanto como el mío — Es el hombre que nos encontramos al salir del bar. Estoy seguro de que es el taxista. —¿Se marcha ya, caballero?

—Sí, a ver si encuentro un buen taxi.

—El mejor taxista es el que más disfruta.

Me guiña un ojo y entra en una habitación. Puedo ver cinco bellezas esperándole en la cama. “El que más disfruta” Bendito cabrón.