A través de las máscaras.
Camisa puesto, chaleco
también. Corbata, pantalones y zapatos. Flor en bolsillo de chaleco, colonia.
Peinado y último e indispensable detalle: La máscara. Me he comprado una nueva
para la ocasión. No todos los días reservan un hotel de lujo entero para una
fiesta “veneciana”. Una máscara plateada, con acabados en dorado al igual que
sus bordes. Tapa la frente, el flequillo cae sobre ella. Deja ver mis ojos,
pero poco más que maquillo con un toque de rojo pasión. Todo el tabique nasal
tapado, así como los pómulos.
Sonrío, queda genial. Cojo mi
sombrero de copa y mis guantes blancos, sedosos. Abro la puerta y marcho,
invitación en mano, hasta la puerta de mi portal, donde me espera un taxi.
El taxista ni pestañea. No
quiero ni imaginar que ha tenido que llevar para no sorprenderse ni pedir que
me quite la máscara.
—¿A dónde señor?
Le digo el hotel. Me mira
fijamente y arranca.
—Hasta ahora es el mejor de
los que he llevado allí esta noche.
—Es todo un cumplido,
caballero.
No me vuelve a dirigir la
palabra. Me deja en la entrada del hotel.
Le pago.
—Que tenga una buena noche, no
nos veremos.
No sé por dónde coger esa
despedida, así que me limito a decirle adiós. Voy hacía la puerta. En ella hay
dos hombres que podrían aplastar todos los huesos de mi cuerpo sin problema
alguno. Llevan mascara, de chacal, haciéndolos más terroríficos aún.
Voy con la invitación por
delante, para ahorrarme siquiera que me la pidan. La cogen, la miran, se miran,
me abren la puerta. No medían palabra, mejor.
Una alfombra roja me lleva
hasta la secretaría, donde hay dos bellas damas, con poca ropa y con máscara
con plumas. Llevan una etiqueta en el corsé que especifica: “personal, no
tocar”.
—Hola.
—Sr. Perverso, bienvenido.
Déjenos que le indiquemos las distintas festividades que se celebran.
Me enseñan un mapa del hotel
con sus múltiples salas. Hay una de montura a caballo donde, obviamente, no hay
caballos sino personas que cabalgan a otras. La sala de orgia, clara y concisa.
La de baile, la del bar la de teatro con obras muy especiales. La sala VIP,
donde solo pueden entrar los que tengan invitación especial y sus acompañantes.
Además, tenemos acceso a todas las habitaciones. Todas tienen su tarjeta en la
ranura, tan solo tenemos que cogerla y entrar.
—Muchas gracias por la
información, “my leadys”.
—De nada — Con el dedo índice
se rizan el cabello mientras me sonríen. Qué pena que no se puedan tocar.
Decido ir a la sala de baile,
me encanta bailar. Voy por el pasillo y me cruzo con la puerta que da a la sala
de orgias, se escuchan los múltiples y fuertes orgasmos así como todo un
variado de sonidos lascivos.
Llego a un portón doble. Lo
abro, ambas puertas, desde el centro. Entro como si fuera el anfitrión. Cabeza
alzada, mirada recta y paso seguro. Tras de mi hay dos porteros, en ropa
interior y con máscaras, que cierran las puertas. Es una gran sala. Pista de
baile céntrica, sofás a su alrededor, todos mirando a ella, y una pequeña barra
llena de copas de champagne en los laterales, con dos mozas que, imagino,
sustituirán las copas que se llevan por otras.
Hay varias parejas bailando y
con las tres combinaciones posibles; chico-chico, chico-chica, chica-chica.
La mayoría de hombres va de
smoking. Hay alguno que ya está algo desmadrado, con la corbata floja y la
camisa medio abierta. Otros van más informales; camisa de vestir normal, unos
pantalones tejanos y unas bambas elegantes, aunque también los hay con traje de
sadomasoquista, en calzoncillos y americana u otras extrañas combinaciones. En
las damas sin embargo hay más variedad; desde la que va con dos tiritas en los
pezones y un tanga hasta la que lleva un traje de novia, pasando por vestidos
de tubo, largos con cola, de campana, colegiala o profesora, entre muchos
otros.
—Si ha venido solo debería de
bailar, caballero.
Me asusto. Me relajo
inmediatamente. Normalmente los trabajadores no dicen nada más allá de los
guías o camareros y, aún en su caso, tan solo lo necesario.
—Eso haré, gracias por la
preocupación “sir”.
Voy decidido a la zona de
baile y me marco unos movimientos sensuales, pero rápidos. Tres pasos adelante,
uno atrás, media vuelta mientras me inclino a la vez que mi mano derecha dibuja
una media luna hacía abajo y la izquierda marca las tres en un reloj
imaginario. Me recoloco, me ajusto al corbata, y doy una vuelta sobre mí mismo
para empezar a dar pasos hacia atrás a la vez que chasqueo los dedos. Uno, dos,
tres, cuatro, cinco pasos y a dar vueltas mientras voy bajando hasta acabar con
una rodilla en el suelo y los brazos abiertos en un ángulo de cuarenta y cinco
grados, con mi cara mirando fijamente a una dama que está sentada en uno de los
sofás.
Me había fijado en ella cuando
observaba la sala y había calculado los pasos para acabar así. Me ha quedado
mejor de lo que esperaba, pero ella tan solo me mira fijamente. Le sonrió y
agacha la cabeza, pero no la mirada. Su mascará de cuarto de luna dorada con
acabados plateados, tapándole los dos ojos y parte de la nariz, pero no la
frente, no titubea. Está en perfecta posición para que sus ojos vean a través
de ella, me vean a mí.
Me levanto y le hago una
reverencia con la mano derecha en el pecho izquierdo y la mano izquierda
marcando, de nuevo, las tres. Se levanta. Lleva un vestido dorado, que le deja
libre los hombros, por donde cae su castaña y lisa cabellera. Se junta por unos
encajes a unas mangas completas, guantes incluidos, de color plata. El vestido
dibuja perfectamente su silueta, dejando libre un círculo que va desde el final
de su cuello hasta la parte superior de sus pechos. Su largura le llega a los
pies, cerrado, con cola, haciendo que sea difícil andar si no va a paso corto.
Puedo ver la punta de sus zapatos de color plateado que, por el sonido que han
hecho al levantarse, llevan tacón.
Se acerca a mí lentamente. Le
tiendo la mano. Me la agarra.
—¿Me concederá este baile,
preciosa dama?
—¿Dónde se ha quedado el “mi”
de “mi preciosa dama”?
—Usted es tan solo suya y yo
no soy más que un humilde, aunque perverso, caballero que quiere aprovecharse
de su incógnita presencia para cortejarla.
Sonríe, sin mostrar los
dientes, y en su frente puedo ver como fruñe el ceño.
—Es usted tremendamente
sincero.
—¿Quién no lo es con una
mascará?
—Muchos, demasiados. Algunos
se vuelven hasta más embusteros.
—No es mi caso. Yo tan solo
pretendo pasar una noche que poder recordar sin poner nombres a sus
protagonistas.
Vuelve a sonreír. Esta vez
abre la boca y puedo ver su lengua, delgada y picuda.
—Pues bailemos — Se lleva su
mano derecha a su precioso y circular escote. Mete dos de sus dedos, saca pecho
y mueve un poco los hombros para finalmente descubrir que lleva un pequeño
abrecartas entre sus senos. Me quedo observando, con los ojos levemente
cerrados a causa de lo sospechoso que es aquel acto. Rápidamente se vuelven
sorpresa cuando saca la hoja, bastante afilada, del abrecartas y corta el
lateral del vestido, casi hasta su muslo, para tener la pierna libre. Veo los
tacones, son plateados como me pareció. —¿Y bien, me saca a bailar o va a
seguir mirando mi belleza?
Efectivamente o podía dejar de
ver esa magnífica pierna, sin media alguna, perdiéndose en el vestido justo en
el inicio del paraíso de cualquier hombre.
—Disculpe que me asombre con
su bello porte, pero es el de toda una princesa.
Vuelvo a tenderle la mano y me
la vuelve a agarrar. Nos dirigimos al centro de la pista y empezamos a bailar.
Primero con las manos agarradas, tras unos cuantos pasos con una de ellas en la
cintura de cada uno y pronto empiezo a darle giros para acabar con ella
doblándose en mis brazos. En uno de los giros aprovecho y cojo con la mano que
me queda libre la rosa roja de mi chaleco, para ponérmela en la boca. Cuando
deja de girar le agarro al espalda y dejo que se repose en mi brazo mientras yo
me agacho a la vez que ella, encima suyo, para quedar cabeza con cabeza.
Nos miramos fijamente. Sonrió.
Eleva por sorpresa la cabeza y me besa, agarrando la rosa ella. Ahora sonríe,
más orgullosa de lo que yo lo había hecho. Iba a ponérsela en la boca, pero sus
labios y lengua fueron más rápidas. Nos quedamos mirando otra vez, sabe que ha
ganado este pequeño duelo. Nos levantamos, nos aplauden.
—Le apetece al... ¿Perverso
caballero?
—Exacto.
—¿Le apetece una copa de
champagne?
—Solo si la dama se toma una
también.
—Por supuesto, no voy a dejar
que todo el alcohol lo desaproveche un hombre.
Es graciosa, segura. Es lo que
tienen las máscaras, dan seguridad. Aunque a algunos les asusta no saber quién
hay detrás de la que tienes enfrente, pero entonces esto no es para ellos.
Vamos a la barra y cogemos una
copa cada uno. Después nos vamos al sofá.
Hablamos de cuanto solemos
frecuentar este tipo de fiesta: ella ha asistido a más que yo, pues ya ha
estado en algunas lujosas como esta. Nos reímos contando anécdotas y nos
asombramos de las decepciones de cada uno.
—¿Sabías que tenemos las
habitaciones del hotel a nuestra disposición? — Su tono pícaro hace que suene a
una invitación y no pienso desaprovechar esta situación.
—No, no lo sabía.
—Pues ahora que lo dices no
podrás irte sin ver alguna.
—¿Y usted querría mostrármela?
—Quizá después de otra copa de
champagne.
Bebemos no otra, sino tres más
cada uno. Después salimos de la pista de baile y vamos al bar. Pedimos dos gin
tonic cada uno y, con ellos en mano, nos vamos hacía la salida de esta sala,
donde nos intercepta un hombre, canoso, que viste prácticamente como yo. Él aún
tiene la rosa en el chaleco, aunque éste tiene un estampado curioso con toques
azules.
—Esta también es la mejor de
las que he traído esta noche aquí — Susurra en mi oreja cuando pasa por mi
lado. Me giro pero el hombre sigue su camino, cogido por unas muchachas
jovenzuelas en cada brazo.
—¿Qué te ha dicho?
—Que tengo que enseñarle el
truco para cazar tan bella damisela.
—Idiota.
Vamos hacía las escaleras y
llegamos a la primera planta. Pasamos por toda ella, escuchando orgasmos,
gritos, latigazos, camas empotrándose y cristales rompiéndose. Peticiones a
pleno grito de todo tipo y muchas otras inimaginables cosas. Ninguna esta
libre.
—Habrá que mirar en la segunda
planta.
Me coge la mano ya celera el
paso. Me lleva al ascensor. Toca el segundo piso y se gira. Da unos pasos hacía
mi mientras las puertas se cierran. Pone un brazo en la pared y su boca en mi
cuello.
—Hueles bien — Me muerde.
Suelto un suspiro placentero. Vuelve a morderme con un mordisco que acaba en tres
besos que suben por mi cuello hasta llegar detrás de la oreja. —Sabes mejor —Su
susurro me estremece pero el parón del ascensor me hacer volver en mí.
Nos queda la mitad del “gin
tonic”. Salimos a la segunda planta. Se escucha menos ruido, debe de haber
habitaciones libre. Efectivamente, habitación 207 libre.
Sacamos la tarjeta de la
ranura y entramos. Volvemos a meterla para activar la corriente de la
habitación.
Es de una persona, con cama de
matrimonio y un baño con yacusi. También tiene balcón con una mesa fuera.
—Normalmente, si reservas,
puedes encontrarte todo lo que pidas, a un módico precio claro.
—Sabes mucho de estas fiestas.
—He ayudado a organizar alguna
— Me sorprendo. Cuestan un dineral y a muchos de los invitados, como a mí, no
nos piden nada. Corre el rumor que el organizador consigue dinero trayendo a
súper estrellas o personas concretas a la fiesta, aunque siempre bajo la
incógnita de la máscara, con lo que nunca se sabe a ciencia cierta si realmente
han venido. —¿Por qué te callas de golpe? ¿Te cohíbe que pueda ser un pez
gordo?
—Puedes no serlo y puede que
yo sea quien lo haya organizado — Veo como abre los ojos de par en par, se ha
sorprendido. —Tranquila, no soy yo. De hecho yo solo he venido a fiestas de
estas como invitado.
—Eres todo un perverso, mala
persona — Me agarra de la corbata, me la saca por fuera del chaleco y me lleva
hasta el baño. — ¿Ves que lujo? con yacusi incluido.
Era grande y tenía puertas de
vidrio por si apetece activar la ducha y no manchar.
—Es amplio — Entro. —Se puede
hasta bailar — Le tiendo la mano, me la coge. Damos dos pasos dobles y una
vuelta. Cierro la puerta corredera de cristal. —Y seguro que muchas otras
cosas.
Sonrió, me la acerco desde la
cintura y pongo sus labios muy cerca de los míos.
—¿Cómo qué?
Se enciende la ducha, ha sido
ella.
—Averigüémoslo.
Le beso. Nuestras mascaras
chocan. No pasa nada, están bien sujetas. Su vestido empieza a transparentarse
y las gotas rebotan entre sus senos. Me quito el chaleco y lo tiro fuera, vale
demasiado como para que se destroce. Ella no sé, pero yo de rico tengo la
fachada nada más.
—Bonita camisa — Me agarra la
corbata y se la enrolla en la mano. Me tira de ella, bajando mi cabeza,
poniéndomela en sus pechos. —Aunque seguro que mi vestido te gusta más — Bebo
agua de sus senos, sorbo. Paso la lengua y lamo toda la superficie que puedo. —¿Tienes
sed?
Me saca la cabeza de sus
pechos. Abre la boca y deja que se llene
de agua. Abro la mía y me la pasa. Empezamos a besarnos. Las lenguas chocan
entre ellas como las máscaras, pero vez de repelerse lo que hacen es
entrelazarse. Mi mano pasa de la cintura a sus nalgas, donde tiene el vestido
completamente pegado, comprobando que lleva tanga. Sus manos sin embargo se
pierden por mi torso, totalmente visibles por culpa del agua. Seguimos besándonos
mientras nos mojamos. El agua empieza a calentarse, nosotros también.
Se quita sus guantes. Tiene
las uñas largas, de gel, de un color dorado con brillantes plateados. Yo me
quito los míos, que casi se han unido a mis manos. —Bonitas manos.
—Si esto te parece bonito espérate
a verme desnuda.
La vuelvo a besar, la pego más
a mí. Mi mano busca el destrozo que le hizo al vestido y se filtra para tocarle
la nalga. Me muerde el labio, separa su boca de la mía y se pasa la lengua por
sus labios. Tiene sangre, me ha mordido fuerte. La aprieto fuerte, para que lo
sienta, como venganza. Mi edo corazón llega a rozar sus labios inferiores a través
de sus bragas.
—Es usted muy traviesa miss…
—Justo en el clavo. Soy miss
traviesa damisela y tú eres un chico malo.
Me quita la camisa mientras
sigo palpando sus nalgas con una mano y con el otro empiezo a tocarle los senos,
pues el vestido ya lo tiene totalmente pegado y es como si no lo llevara. No me
la desabrocha. Pone la mano entre botón y botón y, cogiendo los bordes, estira
de ambos hasta que todos los botones saltan. Adiós camisa, pero ella se
destroza el vestido también, completamente, tirándolo fuera de la ducha.
—Ahora podrás tocar bien — Se
quita el sujetador. —Y podré sentirte bien.
—¿Qué quieres sentir
exactamente?
—Todo.
Me desabrocha el pantalón y me
lo quita, me baja los calzoncillos y empieza a lamer a la vez que el agua no
deja de correr por los bordes de mi pene. A través de la luna me observa con
una dulce mirada, aunque más dulce es su mamada delicada. Palpa con los labios
cada rincón de mí viril miembro mientras con lo envuelve con su lengua, dando
golpes suaves a la vez que lo agita con su mano derecha y, con la izquierda,
acaricia sus pechos. Su mirada poco a poco se vuele lasciva, a la vez que mi
pene crece dentro de su boca y mis gemidos se oponen al sonido del agua. Yo la
miro fijamente, desde arriba, como su cabello empapado acaricia su cuello y sus
senos, así como su espalda, y su mirada se pierde en la mía.
—¿Te gusta?
—Me encanta, traviesa damisela
— Le agarro la barbilla, abre la boca y esta vez soy yo quien le inserto dentro
el pene. Empiezo a mover la cadera mientras le sujeto la cabeza y ella queda
con sus manos libres, las cuales utiliza para zarandearse los pechos y
apretarse y acariciarse sus labios inferiores. —¿Te gusta a ti?
Intenta decir que sí, pero
entre lo rápido que le doy, los mordiscos que empieza a darme y los lametazos
que suelta no se entiende nada. Paro tras varios minutos, saco de su boca mi
caramelo y la levanto.
—¿No quieres más?
—Por supuesto, me tiraría la noche
así. Pero como caballero que soy tengo la necesidad de darle el mismo, o más,
placer que usted me da a mí.
—Ya veo… interesante.
Se quita el tanga y se abre de
piernas, sabe que voy a hacer. Me agacho y me pongo de rodillas, con mis manos
en su ingle abriendo sus labios y mi cara mirándola, mucho más lasciva de lo
que ella lo ha hecho. Mis ojos la miran fijamente a través de sus pechos
mientras que mi lengua sale de mi boca abierta, done cae agua a través de su
cuerpo. Ella me mira, con las manos apoyadas en el cristal y con un pequeño
tiemble de piernas. Mi lengua se acerca a sus coño y cuando estoy tan cerca que
ya se estremece por sentirme la muevo levemente, paseándola desde el agujero de
su coño hasta el clítoris, con solo la punta, rápida y suavemente.
Gime, levemente pero gime.
Repito el proceso varias veces
para luego centrarme en su clítoris. Se estremece y cierra sus piernas,
chocando sus rodillas con mi cabeza. Como castigo empiezo a lamerle
rápidamente. Le mordisqueo el clítoris y lo golpeo con la lengua. Después bajo
la lengua hasta el agujero y lo rodeo varias veces. La meto y saco después un
par de veces y cuando me agarra el cabello, muy fuerte, saco la lengua y
empiezo a lamer de arriba abajo el clítoris, cada vez más rápido, mientras una
de mis manos rodea su pierna, para sujetarla, y la otra empieza a meterle el
dedo corazón. Aumento la velocidad tanto de la lengua como del dedo, además de
insertar también el dedo índice. Gime, cada vez más.
—Dios, sí, sí, me vengo, me
vengo.
Efectivamente. Se corre,
además se mea. Sigo lamiendo igualmente. Se estremece tanto que sus rodillas me
hacen daño en la cabeza y acaba resbalándose sobre mi cara, pero se levanta
rápido. Imagino que se ha hecho daño con la máscara.
—Lo siento…
Esta colorada, aunque no sé si
por haberse corrido o mearse.
—Estamos en la ducha, todos lo
hacemos — Le agarro de las piernas y la alzo. Instintivamente me coge del
cuello y se asusta. —Espero que te haya gustado.
—¿Qué vas a hacer?
—Compensar que te hayas meado.
Le beso y, con un poco de puntería,
le penetro. Empiezo lentamente, pero ella gime como si le diera duro. Le he
dejado el coño sensible. Me vuelve a morder, vuelve a hacerme sangre, así que
bajo mi boca hasta su cuello y finalmente, mientras acelero, empiezo a comerle
los pechos. Sus gemidos me ponen cada vez más, así que cada vez doy más fuerte,
golpeándola contra los cristales.
—Dame todo lo duro que quieras
— Me abraza la cabeza, hundiéndomela en sus pechos. —Quiero que te corras
completamente en mi interior, para compensar.
Acelero, le doy duro. El
cristal no deja de vibrar. No puedo aguantar mucho, ella gime, yo gimo. Le
muerdo uno de sus senos para tenerlo en la boca mientras le doy fuerte y me
corro, ahogando el gemido en su pecho mientras se lo retuerzo con los dientes y
ella se retuerce en placer. No paró de expulsar semen y mis piernas empiezan a
flojear. Acabo resbalándome y rompemos el cristal, caemos fuera, pero sigo
hasta que me quedo sin fuerza, igual que ella no deja de gemir hasta que paro.
—¿Estás bien? Me levanto, me
quedo mudo al ver lo que hay en el suelo: mi masara, detrás de ella.
—Sí, ¿Tú?
Me giro rápidamente, ella lo
entiende. Las reglas son claras: no podemos decir quiénes somos ni enseñar
nuestro rostro, ni en la intimidad. Hay cámaras en todos los rincones cada vez
que se celebra una fiesta. Es algo que todos saben y respetan, pues se firma
cuando decides entrar en este clan.
—¿Podrías…?
—Claro cielo.
Me coloca ella misma la
mascara. Me giro, le beso y me levanto. Ella me besa mi miembro, me lo acaba de
limpiar y se levanta. Tenemos pequeos cortes, pero nada serio. La cojo de nuevo
por sopresa, como si fuera una princesa, y la llevo hasta la cama. Con el pie
estiro un poco la colcha y luego la logro quitar de una patada, la dejo
suavemente, y después la tapo.
—Enseguida mandare a alguie
con un botiquín.
—¿Y tú?
—Yo me marchare ya, no querrás
que te vean con alguien como yo.
—Haces que me corra, te corres
dentro de mi y te marchas dejándome atrás. Eres el mejor mascarero de todos,
que pena no saber más de ti.
—Sabes que volveré a la próxima
fiesta.
Le guiño el ojo, le lanzo un
beso y me marcho al baño, dejándole atrás con una sonrisa. Me visto y salgo de
la habitación.
—Buen polvo, aunque no tanto
como el mío — Es el hombre que nos encontramos al salir del bar. Estoy seguro
de que es el taxista. —¿Se marcha ya, caballero?
—Sí, a ver si encuentro un
buen taxi.
—El mejor taxista es el que
más disfruta.
Me guiña un ojo y entra en una
habitación. Puedo ver cinco bellezas esperándole en la cama. “El que más
disfruta” Bendito cabrón.
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